Por Airam Fernández

La camioneta negra se detiene al frente del Parque Centenario, en la entrada de Getsemaní, un popular y turístico barrio de Cartagena de Indias. Sus puertas se abren y dos personas se incorporan al despiadado calor del centro: un señor moreno, alto y robusto, y una mujer un poco más alta que él, de contextura similar, piel tostada, ojos oscuros, cabello hasta los hombros con destellos cobrizos y lentes de fórmula que se oscurecen cuando le pegan los rayos del sol. Lo sigue. Camina casi a su lado. Casi. A veces lo deja avanzar unos diez pasos, adrede, hasta que lo vuelve a alcanzar. Y así van, siempre.

Ella, María del Carmen González, es la sombra de Whailer Herrón. Ya son tres años juntos. Quien los ve en la calle, caminando por cualquier lugar, pensará que son pareja, pues lo acompaña a donde quiera que él vaya, sin excepción y desde que amanece. Pero en el barrio Nelson Mandela, localizado en el suroccidente de esa ciudad de la costa colombiana, todos saben bien cuál es el rol que juega esta mujer en la vida de uno de los líderes vecinales de la zona: la del oficio inusual, la que le vigila los pasos, la que le cuida la vida, su escolta.

Ese 3 de febrero, el día de Whailer gira en torno a entregar unas cartas en el centro, como parte de las gestiones que realiza todos los años para que el Festival de Cine de Cartagena se extienda hasta el barrio. Cautelosa, María lo espera afuera de la oficina de un ente público mientras él está en lo suyo. Así suele hacer su trabajo a diario, con la mirada en un vaivén, como si intentara registrar cada recoveco del lugar, y paradójicamente logrando pasar desapercibida. Fue entrenada para eso.

Lo último que alguien puede imaginar es que esa mujer mayor que yace frente a una puerta de la calle San Juan de Dios, a las 10:45 a.m. de un martes cualquiera, vaya armada. Por eso se gana dos salarios mínimos al mes, que vienen a ser casi DOS millones de pesos mensuales, con bonificaciones.

El escondite de la Taurus 9mm pavonada (negra) está en el lado derecho de su cintura, acuñada entre la piel y la pretina del ajustado blue jean. Lo señala con un ademán discreto, y luego apoya el brazo izquierdo sobre el bolso que le cuelga del lado contrario. Después se queja del calor: «Por eso es que casi siempre ando sin maquillaje. En este trabajo una suda mucho», dice, mientras se seca el sudor de la frente con una toalla pequeña que sostiene con la otra mano y que siempre procura llevar.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Alentada por el que fue su segundo esposo, María trabaja con armas desde hace 13 años. A “Don Whailer”, como ella le llama, lo conoció en 2012, después de un estudio de seguridad en el barrio, realizado por la Unidad Nacional de Protección (UNP): un departamento del Gobierno que, en su mayoría, está integrado por funcionarios del extinto y tristemente célebre Departamento Administrativo de Seguridad (DAS).

Luego de unas elecciones celebradas en abril de 2012, quien también se desempeñara como escolta de un miembro de la Unión Sindical Obrera de Cartagena, hace nueve años, es ahora presidente de la Junta de Acción Comunal del Mandela. Un escolta retirado, que ahora tiene protección. Tras el asesinato de Manuel López, el 17 de junio de 2007, Whailer, 43, el segundo al mando en el barrio, resultó ser una “persona en situación de riesgo”. Dos años después, su hermano Elías Herrón, también es asesinado. Así es como le asignaron a un primer grupo de seguridad que trabajó con él, hasta que llegó ella, a quien apodan “Mayo”.

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A María, una de las dos únicas escoltas mujeres de Cartagena, no le apabullan las amenazas que pesan sobre su protegido, por ser el líder vecinal de ese barrio de más de 40.000 habitantes, que lucha por quitarse el estigma de la criminalidad entre ‘boros’ (pandillas), al que sólo entran cuatro policías a diario, de los 300 que hay en toda la ciudad y en el que han sido asesinados tres pandilleros en el último mes. «Don Whailer es objetivo precisamente por eso, porque desde hace años ha trabajado duro por poner orden aquí», cuenta.

Desde que tenía 33, su entrenamiento no ha parado. Ante las amenazas de su oficio, tan cuesta arriba en un país golpeado por la violencia como Colombia, María ya lleva 12 cursos realizados para perfeccionar su labor de protectora, con un arma escondida en su ropa. También puede contar cómo salió ilesa de un atentado cuando vivía en Barranquilla: 15 sujetos pertenecientes a una banda criminal llamada “Los Alcatraces” propiciaron una balacera de más de 100 disparos y a ella no le dio ni uno. En cambio, logró herir a cinco de ellos y aunque dice no sentirse «para nada orgullosa», asegura que fue en defensa propia y en un asunto que se tornó un malentendido, con el dueño de una armería.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Por formación y experiencia, esta mujer de 45 años está segura de no temerle a nada. Ni siquiera a la muerte, aún cuando ha marcado su vida desde que comenzó en la labor: su esposo, también escolta, fue acribillado mientras estaba en funciones, brindando seguridad al socio de una agencia de apuestas en Barraquilla, donde ambos vivían. Antes, sufrió la pérdida de dos de sus hijos: una niña de 2 años que padeció bronconeumonía y un bebé que nació prematuro y no pudo sobrevivir. Por duro que parezca, María asegura haber superado ambos episodios, con la ayuda del año de descanso que se tomó tras la pérdida de su compañero. «Pensé que no iba a poder con tanto dolor», confiesa.

Ahora tiene cinco herederos que asegura, son su razón de ser y quienes la hacen trabajar arduamente. Las tres hembras, de un primer matrimonio que le dio «mala vida», ya la hicieron abuela. Los dos varones tenían 5 años, uno; y apenas 3 meses, el otro, cuando su padre fue asesinado.

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El barrio Nelson Mandela no aparece en los mapas turísticos de Cartagena, por ser una de las principales invasiones de la ciudad, cobijo de miles de desplazados, quienes desde 1994 han huido del conflicto armado local. Allí hay 16 escuelas, dos clínicas que funcionan a duras penas, incontables peluquerías y bodegas, ranchos de madera con antenas de DirecTV y niños que suelen jugar descalzos, en esas calles que apenas hace un año estrenaron un sistema de alcantarillado.

Ese martes, “Don Whailer” termina sus trámites a media mañana y en el camino de vuelta al barrio, otra vez en la camioneta, nadie emite palabra. Sólo habla ella, cuando da alguna indicación al otro escolta, el que maneja, y quien apenas tiene cuatros meses como su compañero de trabajo. Un CD de Juan Gabriel ameniza el camino, y entonces suena su celular. Abruptamente, baja el volumen a la música:

«Le marco ahora, vea que no puedo hablar». María cuelga de inmediato.

Enseguida advierte que no le gusta hablar ni distraerse cuando va rodando, salvo para llamar a casa y asegurarse de que sus hijos regresen del colegio a la hora que deberían. Los matices que ya contó de su vida y de su oficio no lo hizo en este trayecto, sino a ratos interrumpidos, cuando esperaba plantada afuera de aquella oficina, bajo el sol, y en medio de las diligencias de su jefe.

Antes de regresar a ese lugar donde las hojas de los árboles están eternamente teñidas de marrón por la polvareda que levanta el viento caliente, ese que sopla por las calles carentes de asfalto, Whailer pide una parada en un barrio vecino, el Boston, para entregar un encargo. Es que además de hacer trabajos por contrato con la alcaldía de Cartagena, vende quesos. Así se gana la vida para mantener a su esposa Ingrid y a sus cinco hijos, más los otros tres que le tocó criar. Así hace frente a los comentarios que circulan en el barrio sobre un negocio turbio con un dinero aprobado para la pavimentación, y que María rechaza, sin pensarlo demasiado.

Whailer se baja del vehículo y ella va tras él. Lo ayuda a sacar los envases y a entregarlos, hasta que toca seguir el camino a una reunión en otro sector en el que hay presuntos focos de las llamadas “Autodefensas Gaitanistas”, antiguos miembros de “Los Urabeños”, uno de los grupos paramilitares más fuertes y temidos del país. Tienen presencia en 17 de los 32 departamentos de Colombia y en un total de 200 municipios, según un informe del Centro Nacional de Memoria Histórica. María da fe de esas cifras, pues conoce muy bien la actuación de los grupos irregulares del territorio y lo que se dice de ellos.

Cuando la tarde empieza a caer, siguen intactos los 32 grados que marcaban el calor de la mañana. De vuelta a su casa en Las Vegas, uno de los 24 sectores del barrio, a Whailer lo espera su prole y de nuevo, tras él, María se baja del carro y se planta justo afuera de la pequeña vivienda de paredes azul rey.

«¡Qué hubo, Mayo! –le grita un motorizado que transita por la calle–. Por allá en la casa tienen días que no la ven».

«Aquí mijo. Ahora paso por allá, dígale a su mamá», responde ella, con su serena y pausada forma de hablar.

En la zona todos la conocen. Justo cuando pasan cuatro mujeres que la saludan cordialmente, dos de las hijas pequeñas de Whailer corren hacia la casa, desde la esquina. Vienen del colegio y después de estamparle par de besos a María, entran dando carreras y vuelven a salir a jugar con los hijos de la vecina, los dos que le quedan, porque al mayor se lo mataron en enero, en medio de un lío con drogas.

Llama la atención que anden por el barrio solas, sin protección, mientras su padre va y viene, siempre protegido por una mujer y un hombre. Para María, es simple:

«El estudio de riesgo que le hicieron a Don Whailer da sólo para esto. La amenaza recae sobre él, no sobre su familia. No te creas, este caso no tiene nada de parecido a la manera en que se manejan las bandas criminales que ya todos conocemos –dice con seguridad–. Don Whailer es el objetivo, no sus hijos ni su mujer. Y por el día es que se hace vulnerable. De noche él se encierra y si ve o escucha alguna cosa rara, tiene que llamarme. Yo estoy siempre muy pendiente».

Si en la casa Herrón hablan de María, lo hacen con la misma calidez. Estefany, una de las hijas mayores, cuenta que aunque al principio le pareció raro que asignaran a una mujer para encargarse de la seguridad de su padre, ahora hasta le tomó cariño. Además, le parece un trabajo “admirable”. Ingrid, su esposa, la considera como una más de la familia, pero no puede evitar un mínimo recelo: «Ella es una tumba. Muchas veces yo le pregunté si él andaba en algo, si se veía con alguien, porque a una le dicen muchas cosas por aquí, ¿sí me entiende? Pero no me soltó prenda».

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Una hora después, Whailer sale y da la orden: «Listo, muchachos, ya se pueden ir». Así trabajan, sin horario: él los llama muy temprano para que lo busquen, y al final del día les indica cuándo deben marcharse.

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José Luis, el otro escolta, conduce rumbo a las afueras del Mandela, en la camioneta negra. A escasos cinco minutos, deja a María en su casa.

Como a Whailer, a ella también la espera su familia, en un apartamento alquilado, de paredes blancas y muebles de madera, al que se llega a través de una escalera de caracol. Su pareja, un taxista con quien vive desde hace seis años; su prima, quien le colabora con los oficios del hogar y sus hijos, coinciden en el orgullo y el respeto que tienen ante ese oficio, por muy peligroso que sea para una figura materna. Los dos pequeños la ven como una “superhéroe” y uno de ellos, el de 12, sonríe al decir: «El trabajo de mi mamá es bien bacano».

María, con más amigos que amigas, por el predecible ambiente en el que se desenvuelve, calcula que en cinco años ya estará lista para retirarse y dedicar más tiempo a sus chicos, a quienes sólo ve por las noches y con quienes sólo comparte largo y tendido, en paseos a la playa, los fines de semana que no le toca trabajar.

Mientras tanto, planea seguir al lado o detrás de “don Whailer”, como su sombra, en ese bastión de la pobreza cartagenera. Ya rechazó dos ofertas laborales en Dubái (Emiratos Árabes) y en Caracas (Venezuela), donde las bandas de los barrios resuelven sus líos “a plomo limpio”. No como en el Mandela, ese lugar en el que a pesar de su fama de violencia, sólo recurren a las armas cuando es “necesario”; de lo contrario, se caen a pedradas, sobre todo cuando llueve.

«Sí, en Caracas era más plata, pero más peligroso también. Mi mamá vivió allá, en Petare, ella me cuenta cómo era todo –dice, ya desarmada–. Aquí sí creo en eso de que es mejor malo conocido que bueno por conocer».

Sentada en la sala de su casa, a punto de terminar la conversación, María está lista por cerrar el día. Le toca darle cena a sus hijos, chequear sus tareas, dormir temprano y esperar la alarma diaria de las 5:30 am, para calzarse el arma, y de nuevo, volver al ruedo.