Por Juan Camilo Maldonado

Aunque la vaina se puso bien violenta, la rumba continuó. En la esquina todo era salto, brinco, goce, baile… Cuatrocientos adolescentes vibrando apretao entre el retumbar de los bajos alquilados. Pura alegría. Puro meke. Y a unas cuantas casas de distancia, puro puño, pata y puñal.

Las vecinas del barrio asomadas a las puertas. La champeta galopando en el aire.

“Eran 28, 29, más de 30 pelados”, me cuenta una mujer que vive a pocos metros de donde ocurrió la pelea. “Agarraron al muchacho de la invasióny le dieron con un palo en la espalda y una botella en la cabeza, lo tiraron al suelo, lo apuñalearon. Un poco más abajo, al frente de mi casa, dejaron tirado a otro peladito, lleno de cuchilladas. Solo entonces los de Las Vegas, el barrio vecino, se dieron cuenta y se vinieron para acá corriendo. Entre todos ahuyentaron a la otra pandilla”.

En el barrio Nelson Mandela, lejos de la Cartagena de los cruceros y las carrozas, los picós son la madre del conflicto. Son un imán para la guerra de pandillas. Un manjar para los jíbaros y su perico. Un espacio sin control, sin adultos, sin maestros, sin policía.

Estas fiestas son un foco de riñas y homicidios. Dejan entrar armas, cocaína, marihuana…”, me dice el subteniente Fredy Sánchez, a quien he venido a entrevistar luego enterarme de que la Policía le ha declarado la guerra a estas improvisadas fiestas de picó o patiotecas. El asunto es tan crítico, que en las últimas semanas han terminado clausurando algunas de ellas con Escuadrones Antidisturbios y bombas de gas pimienta.

Son ilegales”, continúa Sánchez, “ninguna tiene permiso. Cada fin de semana simulan un cumpleaños y arman una fiesta pa’ cobrar y vender cerveza. Y ahí llegan las pandillas de cada territorio. Por eso estamos patrullando y advirtiendo. Y si continúan, incautamos los equipos”.

Sánchez es comandante de un CAI, el único, en realidad, que existe en el sector, ubicado sobre una colina que demarca el límite de los barrios Nelson Mandela y Nueva Venecia. Desde su puesto de mando, se observan miles de casas de techos de zinc, de ladrillo o de madera, pintadas de colores pastel que combinan con las sombrillas de las doñas y las camisetas de los pelados, en medio de una red vial despavimentada, por la que pasan voladas decenas de mototaxis dejando atrás un polvillo amarillento que cubre las hojas de los árboles en los antejardines y las bolsas de chucherías que cuelgan de las ventanas de las tiendas.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Hasta hace pocos años, el Nelson Mandela –y sus más de 40.000 habitantes– se conectaba a las redes de servicios públicos de los barrios vecinos a partir de conexiones improvisadas y artesanales. Este hackeo popular, que comenzó en 1994, cuando los primeros desplazados del sur del Bolívar llegaron a estos terrenos, les permitió ir formando gradualmente un barrio que, como Altos de Cazucá, en Soacha o los barrios de bajamar, en Buenaventura, es un testimonio vivo y latente de las luchas urbanas emprendidas por la última generación de víctimas de la guerra en Colombia.

Los servicios domiciliarios han venido llegando. No ha ocurrido lo mismo, sin embargo, con los centros de salud, los colegios oficiales, las canchas polideportivas, los parques o los espacios de recreación nocturna. Y a falta de lugares para gozar, los habitantes más jóvenes del Mandela han hecho con la fiesta lo que sus padres hicieron con la vivienda: invadir el territorio, edificar sobre él la vida.

A estos rituales altaneros y sabrosos los llaman por estos días patiotecas.

Hace mucho tiempo quiero comprender la violencia pandillera en los barrios populares de Colombia. Y como la mayoría de los adultos en el Nelson Mandela parece coincidir en que las fiestas son un imán para la indisciplina y la violencia, me he dado a la tarea de deambular por estas calles amarillas, llenas de mangos frutados y buganviles fucsia o naranja, para encontrar algún picotero emergente que me dé pistas sobre la guerra de pandillas en la zona.

“Vaya y busque a Parti Chou”, me dice una niña de trece años con uniforme escolar caqui. ¿Party Show, dices? “Parti Chou”, sonríe. Yo me voy saltando de grupo en grupo, y esquina en esquina, hasta dar con un muchacho delgado y de pocas palabras, esqueleto fosforescente, rosario sin cruz al cuello, gorro de lana café a rayas, sandalias Puma de imitación y manicure fucsia brillante, de un cuidado que envidiaría mi hermana.

“¿Tas buscando a Parti Chou? Entonce tú está buscando a Anderson Meke”, me dice el flaco con tono neutro, y arranca a caminar barrio abajo.

“Aquí vivimos tiempos muy tranquilos”, me dirá después Marta Imitola, rectora del colegio Bernardo Foegen, donde cursa noveno grado Anderson Meke. Hace una década, los paramilitares ejercían control sobre este territorio, en ese entonces estratégico, pues permitía el robo de combustible de un oleoducto de Ecopetrol colindante con el Mandela. Los paracos se lucraban con la gasolina y por la noche garantizaban el orden social con rondas de asesinatos en las que caían los niños malos que no se acuestan temprano, como suelen rezar sus cariñosos panfletos.

“Era una época sin pandillas, tranquila, todo muy sano y formal. ¿Que mataban? Sí, mataban, pero no a cualquiera. De cada diez personas asesinadas, solo dos recibían velorio…”, me confesará la pedagoga.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Pero el oleoducto fue trasladado. Los mafiosos, paracos, neoparacos, bracrim, bacrims, bacrins y demás combos de malandros profesionales emigraron a otras zonas de Cartagena en busca de operaciones más rentables y, desde entonces, los “boros” brotaron en las calles y subsectores del Nelson Mandela, como buganviles en invierno: Los Pequeños, Los del Siete, los de Las Vegas, Los Blancanieves, los del Caguán, los 3D, los Máster, Los Nazarenos, Los Pineros, Los Noventa y Seis, Los Pescaditos…

Basta con caminar una mañana por estos barrios para descubrir la ternura asesina de estos boros. La mayoría está compuesta por muchachos cuasi púberes que por azar comparten cuadra. Jeans apretados, cortados a las rodillas con dobleces coloridos. Sandalias de caucho. Gorra de colores. Se les ve en las esquinas en combos de cinco, diez, quince. Observan quién entra y quién sale. Conocen a la perfección los rostros del enemigo. Lo olfatean. Lo intuyen. Cada pandillero de cada boro tiene una culebrao enemigo en otro barrio (y viceversa) y, a diferencia de la gran mayoría de sus pares en el mundo, estos no se jugarán su adolescencia combatiendo el acné, la eyaculación precoz o la miopía; ellos se ganarán su boleto a la adultez con y en contra de su culebra.

El Nelson Mandela es una cuadrícula dividida entre estos grupos infantiles que diariamente juegan a defender su territorio con lo que tengan a la mano. Los más pragmáticos usan piedras o cualquier objeto contundente que encuentren en el suelo. Los disciplinados ahorran los $300.000 que cuesta un revólver calibre 35. Los creativos agarran un pedazo de madera y un caño de estufa para fabricar su propia pistola. Otros escogen la vía de los ancestros: la navaja o el machete.

Y luego solo les queda esperar a que alguna culebra cruce el límite y ponga el pie donde no debe. O que venga la lluvia y la policía se guarde, para salir a matarse bajo el agua; o que lleguen la noche y el picó, la patioteca y la champeta, para que entonces vengan y vayan y brillen y estallen los golpes y los metales.

Me encuentro ahora en el pequeño solar de la familia Martínez, hogar de ‘Anderson Meke’, adonde me he dejado conducir –no sin cierto y autentico culillo– por el adolescente delgado de uñas fucsia que, durante la caminata, a duras penas me ha dirigido la palabra. Piso de tierra. Dos gallos en un improvisado corral. A mi lado una gallina regordeta con cinco pollos amarillos. Un perro escuálido. Cinco sillas de plástico y cinco chicos enjutos menores de 18 años, que me rodean, me observan con ojos a medio abrir, curiosos, luminosos, y hablan en una jerga que me cuesta.

Les pido el favor de que hablen más despacio. Que nos les entiendo nada. Que vine a conversar de champeta y de picós y de Parti Chou.

Ellos se ríen y me gritan:

¡Cachaco champetúo!

Anderson Meke se llama en realidad Anderson Correa. Es el mayor de tres hermanos; es un chico guapo y sonriente, y no suele hablar más de la cuenta. Me ha recibido en su casa junto al resto de Parti Chou (o Show o Shot, lo escriben y pronuncian de todas las maneras): su hermano, Emmerson Martínez, ‘Emi Chow’; Luis Guillermo Arévalo, ‘Luis Ga Figura’; y Jhonathan Vargas, el mayor de todos y el único que no tiene nombre artístico. Me dicen que solo falta Duván Caicedo, DJ Duvansito, que aún no sale del colegio.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Parti Chou es una maleta. Una maleta es un combo de vales de barrio que se junta para hacer una patioteca. Una patioteca es una fiesta en cualquier patio, por lo general en vía pública, con un picó alquilado, donde la maleta vende cerveza, anima la fiesta y mezcla champeta, “danzal” (dance hall, intuyo), reaggetón y variedad de “música criolla”, como le dicen los muchachos a todo lo que salga de un computador con beat africano y cantos melódicos y dulzones, que mezclan en las habitaciones-estudio de productores empíricos armados de un micrófono sencillo y un PC trajinado.

Minutos antes de conocerlos, Ana María Martínez, la mamá de Anderson y Emi, me ha dicho con orgullo que la maleta de sus hijos ya es una microempresa, que lo que han logrado los muchachos es grande. Ana María, una líder comunitaria nacida en San Bernardo del Viento, lleva más de un año sin trabajo, mientras que su marido busca recuperarse de un accidente laboral que lo dejó casi inválido. En medio del rebusque, Anderson –el mayor de tres– ha tenido que ver por sus hermanos, en especial por Emy, que tiene dificultades cognitivas y a los 16 años no ha podido pasar de sexto de primaria.

¨Por eso es que me gusta ver a los muchachos con su Parti Chou. Uno ve que a Emi no le va bien en el colegio, pero uno lo ve cantar y se da cuenta de su talento. Por eso yo los apoyo¨, me dice Ana.

No fue así, siempre. Al poco tiempo de arrancar con las fiestas, a mediados de 2014, Ana María les prohibió seguir con las patiotecas. Lo hizo luego de un baile organizado por Parti Chou, a una cuadra de su casa, en la que vio frente a su portón cómo la pandilla de la invasión de Vistahermosa la emprendía a cuchilladas contra dos pelados del sector de Las Vegas. Jonathan me dice que los dos vales sobrevivieron, pero esa noche hubo tanta violencia que siempre se refiere a ella con la misma expresión: “eso fue una masacre”.

Parti Chou se habría acabado ahí mismo. Pero del barrio vecino los volvieron a llamar. Los pelados de Las Vegas les prometieron que no llegarían otras pandillas. Que cuidarían la entrada para que no ingresaran armas ni droga. Ellos accedieron y esa noche se llenó. Llegaron 1200 personas. Seiscientos hombres y seiscientas mujeres menores de 20 años bailando sabrosuras caribeñas en una esquina polvorosa. Ni un muerto. Ni una pedrada.

Desde entonces, Anderson y el resto del combo han perfeccionado el diseño de sus fiestas. De forma muy intuitiva y sin ayuda de ningún adulto, los muchachos organizan patiotecas autorreguladas, donde no se permite el ingreso de drogas ni armas: #rumbasana.

¨Lo que estos muchachos están haciendo acá es un proceso de paz”, me dice Ana María, el primer adulto en este barrio que me habla bien de las patiotecas. Le brillan los ojos cuando lo hace, como si fuera la única que intuye que en estos espacios el vicio no es lo único que se potencia. Me cuenta, además, que hay un expandillero que lidera el proceso en el Nelson Mandela. Se llama Dimelson. Tiene 21 años. Le pido el favor de que me ayude a localizarlo.

Dimelson llega al poco tiempo. Moreno, mirada profunda, dientes perfectos y blancos, me saluda con la mano derecha, tres de sus cinco dedos con anillos gruesos de plata falsa, con rocas de plástico incrustadas. “¡Es de pura elegancia!”, dice.

Dimelson armó la pandilla con los vales de su cuadra a los 14 años. Eran unos doce. Les gustaba salir a mojarse en la lluvia y nadar en unos pozos cercanos, y a fuerza de hacerlo se ganaron el sobrenombre de Los Pescaítos.

Al comienzo no peliábamos. Pero un día no nos dejaron entrar a Las Vegas y nos buscaron la culebra. Y ahí dijimos: vamo a buscar las armas y vamo a dar guerra. Y desde ahí peliamos contra Los Peque Peque y Los Blanca y el que nos buscara….

Hasta que en 2013, en una gresca, le clavaron un machetazo en la espalda. La herida lo tuvo en el hospital varios días y al salir no quiso más violencia.

Yo salí del hospital con ganas de darle a mi culebra. Pero a ese vale lo mataron al poco tiempo y se me pasaron las ganas. Y luego comencé a querer a vivir en paz, pensé que quería tener hijos, así que me puse a ir de barrio en barrio, hablé con los líderes de seis pandillas y los invité a una patioteca. ¿No vamos a poder bailar sin piedra?

En diciembre de 2014, Dimelson montó su picó, lo bautizó El Califa Son Music, y armó un baile que convocó a 500 personas. Llegó gente de más de seis barrios. Como en la Parti Chou, no permitieron entrar drogas; tampoco armas. Esa noche tampoco hubo violencia.

La metodología de estos muchachos es sencilla y pragmática. Horas más tarde me la explica Jhonathan mientras caminamos por el sector de Las Vegas. “Buscamos hacer fiestas en sectores controlados por un grupo. Este se compromete a que no entren vales de otros boros rivales con armas y drogas”.

Ana María me dice que las fiestas de Parti Chou están pacificando los barrios: “como ellos son tan buenos y se niegan a hacer fiestas con drogas y armas, los pandilleros se obligan a asistir sin armar problemas. ¡Estos muchachos están uniendo a los barrios!”.

¿Pueden los picós reducir la violencia de Mandela Citi? Dimelson y los partychousistas aseguran que sí. Sin embargo, el asunto no es nada sencillo. Los enfrentamientos continúan. Y solo el sábado anterior a nuestro encuentro, en medio de un baile con la Parti Chou, la pandilla de la invasión –a la que más le temen– les cayó con piedras y cuchillos y les acabó la fiesta. Anderson escribió ese día en su wall de Facebook:

Tres días después nos conocimos. Anderson nunca dejó de sonreír, y me dijo que su sueño es llenar la Plaza de Toros, ser como el Rey de Rocha, ese pionero picotero que desde los ochenta puso a bailar a toda Colombia. Dimalson entre tanto, anda preparando la grabación de sus dos últimas canciones. Ambas hablan del mismo tema: dejar las armas.