En Cartagena, hay chicos con un talento especial para el fútbol que han enfrentado la pobreza y la violencia con un balón, pero que pese a ello no han logrado salir de ese barrio para triunfar.

Por Adolfo Ochoa Moyano

Arcelio patea el balón y una nube de polvo colorado se levanta a la altura de sus rodillas. Gol, claro. Aunque fue una pegada maravillosa, celebra sin sonreír y patea de nuevo. Esta vez la pelota se va desviada del arco. Un niño flaco de unos doce años corre detrás y la regresa con un golpe.

El piso bajo los pies de Arcelio es una polvareda que no tiene nada qué ver con una cancha de fútbol: no hay una brizna de hierba y el chiquillo que le tira el balón usa sandalias en lugar de guayos o tenis. Detrás del campo no hay tribunas para el público, hay basura regada y más y más polvo colorado.

El chico flaco y Arcelio juegan fútbol allí cada domingo, como mínimo. Arcelio tiene que trabajar en una compraventa en la que tiene turnos de dos semanas de día y dos semanas de noche, entonces el balón y la cancha ya son un lujo para él.

También están sus hijas y su esposa. El tiempo para ser el volante izquierdo que puede darle a la pelota igual de bien con la pierna derecha o con la zurda es menor y menor cada vez.

Me dice que ahora está pesado y barrigón. Que no puede correr tanto como solía. Es verdad. Parece que cargara una almohada debajo de la camiseta que tiene cosido el escudo del Junior, el equipo de sus pasiones, justo sobre su corazón.

Tiene la piel color canela y los ojos amarillos, como de serpiente. Tiene 24 años pero parece mucho mayor, con las piernas gruesas como troncos de árbol que se le ven salir de los pantalones cortos. La ropa le queda muy estrecha, como si no fuera suya.

Cuando habla de fútbol la mirada se le ilumina como si tuviera luceros amarillos en la cara.

Son las diez de la mañana de un miércoles, su hija de dos años se abraza a su pantorrilla y él sonríe. El sol quema.

Triunfar, fracasar, triunfar otra vez

En otro lado, lejos de la cancha de Arcelio y del chico flaco, Jorge Arturo Julio habla como si, en vez de uno, en realidad fuera tres hombres a la vez: habla de su esposa y un proyecto laboral que ella tiene; de la isla del Caribe en la que nació su papá, habla de cuando se ganaba la vida limpiando dientes de desconocidos y de los pagos al banco por el préstamo que le dieron para la moto que compró. Pero sobretodo habla de jugar fútbol.

Igual que Arcelio tiene 24 años y sí los aparenta. Tiene los músculos esculpidos y una expresión de inocencia en la mirada. Lleva una manilla alrededor de la muñeca con el nombre de una mujer. Sonríe mucho y deja ver la línea de dientes muy blancos detrás de sus labios del color del chocolate.

Años atrás también se pasaba hora tras hora de muchos de sus días en esa cancha del barrio Nelson Mandela, de Cartagena, igual que Arcelio. Y también igual que Arcelio, mientras estaba allí, se imaginaba lejos, en un estadio de esos de Europa, como los que hoy pisa Juan Pablo Pino, un tipo que fichó por el Bastia, de la Liga 1, de Francia y que solía ser su vecino.

Dice que no sueña con ser adinerado como Pino, pero enseguida se ríe y dice que tampoco estaría mal ganarse la vida haciendo lo que uno de verdad ama, y al tiempo tener un carro bonito, una finca grande para pasar vacaciones. Pero, sobre todo, por encima del dinero, de los aplausos en estadios europeos, el fútbol es una manera de no vivir allí, en el Mandela, sobretodo el fútbol es eso: una manera de escapar.

Y es que el barrio Nelson Mandela, en el suroccidente de Cartagena, es una enorme ironía representada en montones de casas de todos los colores apiñadas sin orden alguno, a lado de calles de barro, pandillas, armas, drogas, sol, polvo, perros flacos y sucios, niños sin zapatos y violencia.

El barrio se llama Nelson Mandela pero lejos de ser un homenaje a la libertad y a igualdad, en esta zona en la que vive tanta gente, el común denominador es el miedo. Nelson Mandela, quién lo diría, es una zona de miedo.

Según cálculos oficiales de la Alcaldía de Cartagena, en el barrio viven 45.000 personas, distribuidas en 24 zonas. Según cálculos no oficiales, de esos que dan los vecinos, entre esos 45.000, 300 son pandilleros, distribuidos en 11 grupos, dedicados a robar, extorsionar, traficar drogas y que están enfrascados desde hace años en una guerra control de cada una de sus áreas de influencia.

Arcelio y Jorge Arturo nacieron en medio de esta tormenta perfecta de violencia y ausencia estatal: solo cuatro policías se encargan de la seguridad de todo el barrio y de garantizar que las pandillas no se peleen con piedras, palos, cuchillos, machetes y, no pocas veces, con armas de fuego.

Los dos muchachos no son los únicos que sueñan con irse lejos de estos grupos y de la sensación constante de desasosiego que cubre al barrio, igual que lo hace el polvo. La diferencia es que Arcelio y Jorge Arturo estuvieron a punto cabalgar la ola fuera del mar de desesperanza que puede ser el Nelson Mandela.

Todavía jugueteando con el balón prestado en la cancha de tierra, Arcelio recuerda cuando estuvo por tres semanas probándose ante Carlos ‘El Piscis’ Restrepo, el actual seleccionador de la Sub-20 de Colombia.

Foto: Natalia Perez/FNPI

Foto: Natalia Perez/FNPI

Finge que corre, sin moverse de su sitio, mueve los brazos. Señala lejos y dice que allá le mandaba el balón ‘El Piscis’ y que él tenía que correr para recuperarlo y volver con él. Durísimo, dice, pero rendí bien y le brillan los ojos amarillos. Se quita la gorra negra como como para disimular que está presumiendo de su velocidad, pero se le nota orgulloso. Los niños que juegan en con él lo miran y yo creo que lo que veo en sus ojos es admiración.

Porque no solo probó sus capacidades ante un gran entrenador. Ese chico del Mandela que hoy es papá de dos niñas de dos y cuatro años, llegó al radar del ‘Piscis’ porque ya estaba jugando con equipos de la categoría B del fútbol colombiano. En 2008 fue lateral izquierdo del Bucaramanga y le ofrecieron un contrato por $850.000 cada mes durante un año.

Pero como si el destino trágico del Mandela lo persiguiera sin importar qué tan lejos fuera, le dijeron que solo podrían pagarle cada cuatro meses porque el equipo tenía líos económicos.

Tras apenas un mes convencido de que iba en la ruta hacia el éxito, tuvo que regresar a Cartagena, a la cancha de polvo y tierra. A trabajar en lo que fuera para mantenerse. Así se pudo pagar unos semestres de estudio. Hizo la mitad de un curso de cinco años de preparador físico, pero en ese tiempo se casó, se divorció, luego se casó de nuevo y nació su primera hija. Y el fútbol, deporte de hombres jóvenes, empezó a desaparecer de sus anhelos con cada nuevo cumpleaños.

Jorge Arturo Julio hizo un camino similar y llegó más lejos todavía. La lista de ciudades que visitó cuando jugaba para los equipos Tres Estrellas y Expreso Rojo de Cartagena desde que era un niño podría llegar media página de un cuaderno. Hace memoria y recuerda aún más.

Antes de los 18 años ya había competido en una veintena de ligas nacionales y había llamado la atención del ‘profe’ Víctor Montaño, que entrenaba la Selección Bolívar y que antes también entrenó a pandilleros.

Pero no muchos otros contaron con su suerte, porque en esa cancha de polvo y basura muchas veces los partidos terminaban en trompadas, pedradas y peleas enormes porque coincidían en el terreno pandilleros rivales que pronto pasaban de los pases del balón a los puños. En el Mandela alguien te puede agujerear solo por estar en el sitio equivocado.

Y es que el fútbol ha sido una suerte de antídoto para la enfermedad de las pandillas en el Mandela.

La situación no ha sido fácil. Entre 2006 y el 2015, al menos 10 vecinos del barrio han muerto por culpa de las pandillas pese a que nada tenían que ver con ellas. Gladys, una líder comunal de uno de los 24 sectores del Mandela recuerda sus nombres y las fechas de sus muertes. Recuerda, en algunos casos, quien los mató y si el responsable sigue vivo o está también muerto.

Recuerda que una chica embarazada estaba en casa viendo televisión cuando una bala perdida le atravesó el ojo izquierdo y se alojó en el cerebro. Afuera había gresca y alguien disparó. Un hombre murió luego de que quedó en la mitad de una pelea entre pandillas y trató de defenderse con un machete. Alguien le abrió la barriga con un cuchillo. Y así, historia tras historia.

Por eso es que, en parte, Arcelio y Jorge Arturo Julio dicen que aman el fútbol. Los dejó soñar con haber sido estrellas y no parte de un grupo de chicos que se enfrentan a pedradas cada que llueve.

Jorge Arturo Julio, por ejemplo, pasó por el equipo del Mandela y pudo jugar en Expreso Rojo y en la Selección Bolívar. Sonríe casi siempre que está hablando, así se trate de temas difíciles, como lo es su huida de su tierra por culpa de la violencia, la llegada a Cartagena, dormir en carpas, la violencia que lo siguió hasta allí. Sonríe y cuenta eso.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

También habla de que su paso por la Selección Sub 20 del departamento le granjeó una reputación de crack. Dice que juega como brasilero, así como bailando, moviendo la cintura, dejando rivales atónitos con su ligereza de pies. Por eso llegó al Real Cartagena y cada jueves iba al estadio Jaime Morón donde jugaba con futbolistas de la categoría A. Partidos contra el Junior, partidos en los que se jugaba no a meter goles sino a que alguien se fijara en él y le pusiera a jugar en donde él creía que debía estar, allí, en el Morón siempre, en la A.

Un día, al fin, la suerte le devolvió la sonrisa y lo llamaron para probar en el Fortaleza en Bogotá. La alegría, desde luego, duró poco. Su mamá le prometió regalarle el dinero del pasaje, pero nada más. Necesitaba guayos nuevos, seguro de vida. Ni hablar de transporte y de un par de comidas al día. Necesitaba un techo en alquiler en una de las ciudades más caras de Latinoamérica.

Así que se rindió.

Para la próxima, se dijo. Si lo hizo una vez, lo podría volver a hacer. Entonces buscó empleo, ya sabía que iba a necesitar efectivo para el día que lo volvieran a llamar. Cargaba cajas en una bodega y se mantenía en forma así. Con el tiempo que le quedaba libre estudió en el Sena y se hizo higienista oral, aunque no sabe explicar bien la razón de escarbar en la boca de otros cuando su amor verdadero era el fútbol.

Sonríe y saca de la billetera un carnet sucio, negro ya y viejo. Está allí, en foto, sonriente. La prueba de que estudió en el Sena y que no es otro muchachito que no puede con los obstáculos que se le ponen enfrente. Dice que le ha insistido a 19 de sus amigos para que hagan lo que él, pero que ninguno le hace caso. Ni siquiera su hermano mayor, él se burla y dice que son tipos sin visión de futuro, que él no se va a quedar viviendo en el Mandela hasta hacerse viejo.

Por eso compró una moto. Para hacer viajes. Lleva gente y le pagan. Hay quienes lo reconocen y le preguntan que si él no jugaba en el Real Cartagena hace años, el muchacho que iba a ser como el nuevo Pino, ese que juega en Francia. Lo felicitan y hay quienes le pagan unos pesos de más.

Dice que está bien, que ya ha aprendido a vivir con la idea de que fracasó en el fútbol. Que ya no lo va a lograr jamás. No tiene el estado físico, no tiene los contactos, no tiene el dinero. Nunca está quieto, pero se mueve poco. Va de un lado a otro estático, en su moto. Su cuerpo ya no es el mismo. Igual que Arcelio ahora tiene una hija, una esposa. Ya no es un futbolista, es solo otro muchacho que nació en el barrio Nelson Mandela y que soñó con demasiado.

El teléfono suena y Jorge Arturo Julio contesta. Dice que claro, que él va, que agarra la moto y que llega. Cuelga, pide disculpas y sonríe. Lo invitaron a jugar. Lo invitan siempre y cuando hay que poner el dinero para el árbitro o el agua a él no se le cobra. Le regalan el agua y le llevan guayos si no tiene. Tiene ese gran privilegio.