Por Gabriel Díaz

Todavía no había amanecido cuando Audy Blanco y sus cuatro hijos se montaron en el camión del lechero con algo de ropa y poca plata. Ocurrió a finales del 98, en Sucre, al norte de Colombia. “Los perros no entran”, le dijo el camionero a Jerónimo, el mayor de los hermanos. En ese momento Audy se largó a llorar, por los perros y todo lo que dejaba en San Onofre, el pueblo donde había crecido, se había enamorado varias veces y convertido en una rebelde sin remedio. “Vea: la primera vez que me escapé de casa tenía 10 años, me fui con una amiga de 16”, recuerda. Llegaron a Cartagena de Indias, a dos horas de su pueblo, y allí consiguió que una señora le enseñara a cocinar y la acogiera, a cambio de que Audy la ayudara a limpiar. Con doña Ignacia aprendió a ser más o menos obediente. Pero regresó a su casa y volvió a huir. Una, dos veces. Y siempre de vuelta a San Onofre excepto en aquella oportunidad, la de esa madrugada, contra su voluntad.

“Llegaron los paramilitares un mediodía muy caliente”, cuenta. Eran 10 hombres jóvenes, todos uniformados y bien armados. En ese entonces Audy tenía 26 años y había logrado abrir una “tiendita”, un pequeño comercio ubicado entre las primeras casas del pueblo. Le pidieron gaseosas y comenzaron a rodear lentamente la casa. Frente a ella, quien resultó ser el jefe, apodado Danilo, la desafió: “Mire, necesitamos dos voluntarias, y entre esas dos está usted”. Audy asintió, sin vacilar, con el miedo metido en el cuerpo. A las 5 de la mañana siguiente la llevaron a un campamento junto a su prima Mirta. Allí, dos fogones estaban encendidos, los ingredientes y las cacerolas dispuestos a un lado. Durante el correr de las primeras horas del día debían preparar un guisado que consiguiese la aprobación del jefe paramilitar; según el resultado, ambas podrían permanecer a salvo en sus casas. O no.

A una gigantesca olla fueron cayendo en cascada los trozos de carne de res, la cebolla corta y la cebolla larga, las costillas de cerdo, el ají y la pimienta aromática, el cilantro, la mostaza y las patas de gallina. Audy revolvió el caldo durante horas controlada por Danilo y un tal Memo, un “para” (paramilitar) que no dejaba de guiñarle el ojo. Así transcurrieron unas cinco horas. Ambas pasaron la prueba, se quedaron en el pueblo y cocinaron para los hombres de Danilo. “Yo me sentía atrapada, la cosa no me gustaba, y después fue peor”, continúa. Hubo enfrentamientos con la guerrilla, violaciones y decapitaciones. “Una noche Memo llegó a mi casa borracho y abrió la puerta de par en par. Mi marido se fue para el fondo y tuve que enfrentármelo al Memo yo sola”. Audy le dijo que tenía que viajar y el paramilitar lanzó con furia varios tiros al aire, hasta que lo llevaron a rastras borrachos del mismo grupo.

Casi a oscuras Audy tomó en brazos al más pequeño de sus hijos, metió en algunas bolsas la ropa que alcanzó a recoger, se despidió de su marido y con sus hijos llegó hasta el camino por donde pasaría el carro del lechero. Se bajaron en un punto de bus, que los dejaría en otro punto de bus que los arrimaría hasta el Nelson Mandela, un barrio situado a una hora del centro histórico de Cartagena de Indias. Al llegar unos vecinos la ayudaron a dar con la carpa de su hermana, que vivía con su hija y también la madre de Audy.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

El barrio Nelson Mandela había sido fundado cuatro años antes, en 1994, por desplazados por la violencia generada por el conflicto armado colombiano, que sigue golpeando a las poblaciones más pobres de este país: negros, indígenas y campesinos. “Mi hermana tenía un lote de tierra, un chambuche (carpa de plástico negro) y el piso de barro. Yo busqué cuatro cajones, unas tablas, armé una cama y ahí dormí con mis cuatro hijos. Cocinábamos con leña, hacíamos las necesidades en bolsas y las enterrábamos. Ahí duré dos años hasta que pude ir haciéndome esta casita”. Conoció a Diego, su actual pareja, y nació Melisa, la más pequeña de la familia. Con seis hijos, Audy adoptó a su ahijado de 12 años y decidió criar al pequeño Michael, el nieto de 3. Todos en una casa sostenida por tablones y cubierta por láminas de zinc, donde sólo ella sabe cómo apañárselas.

En el Mandela viven alrededor de 44.000 personas, el 80% desplazada por la guerra interna. Son parte de los casi 5,5 millones de colombianos que han sido forzados a buscar un refugio tras huir de sus hogares debido a la violencia. Por vivir bajo estas condiciones, el gobierno le ofreció a Audy una bolsa de alimentos durante los primeros meses y actualmente le entrega un subsidio que no supera los 250 dólares por año. En el barrio hay escuelas dependientes de las ayudas de fundaciones o iglesias, existe un centro de salud fantasma y una red de alcantarillado recientemente estrenado. Los servicios –agua, luz, gas- fueron instalándose y con ellos fueron llegando las facturas desorbitadas (Audy debe pagar por el consumo eléctrico una cantidad similar a la que abonaría en Uruguay, país con la energía eléctrica más costosa de América del Sur). El descabellado abuso de las empresas privadas no desvela al gobierno colombiano, aunque el presidente Santos no faltó a la cita cuando en el Mandela se encendió la primera lámpara. Su paso duró lo que duran los flashes.

En febrero es temporada seca por estas tierras, el sol del mediodía pega sin clemencia y deja atontados a los perros criollos del Mandela, que parecen todos hijos de la misma perra: tostados, paticortos, larguiruchos y con el hocico puntiagudo. Chocolate, el cachorro de Audy, sólo se distingue del resto porque se ahoga con los nubarrones de polvo que levanta la brisa y tose compulsivamente. La polvareda esconde el verde de los árboles frutales, pero no puede con los rabiosos fucsias y celestes de las fachadas de las casas. “Chau papacito”; “¿Cómo anda don Arcadio?”; “¡Cuidado que te caes, que llamo a tu madre!”; “Qué moto tienes flaquito”. Audy no escatima saludos y piropos, anda con una sonrisa sincera y la mirada luminosa de los negros del caribe colombiano. Es bajita y vigorosa. Me cuenta que su próximo desafío es reforzar la casa, que se torció por los materiales endebles y el paso del tiempo. Ese día compró dos bolsas de cemento. “Con estas dos ya tenemos ocho. Falta menos”.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Cuando llevábamos tres días conversando por la mañana y la tarde, por primera vez Audy me habló directamente de las conocidas pandillas que de tanto en tanto irrumpen en el barrio, extorsionando a los comerciantes, traficando drogas y también matando. De hecho, el Mandela figura entre los cinco barrios más peligrosos de Cartagena, según el Cosed (Centro Observatorio y Seguidor del Delito). Y por otro lado están los sicarios, que por temporadas hacen “limpieza social”. “Ellos dicen que quieren hacer el bien matando a los pandilleros, pero también son delincuentes. Yo antes no tenía puertas y fíjese que ahora esto se puso bravo. Había policías pero ya no están. Si pasa algo, no hay a quién reclamar. Al final siempre somos nosotros los que pagamos cuentas ajenas”, comenta casi susurrando mientras cose la mochila de la niña.

En eso pasa el frutero y escogemos las dos mejores papayas. Las comimos y fuimos a ver el huerto donde esta semana empezó a cultivar hortalizas. Jerónimo, el mayor de sus hijos, se va a encargar de mantenerlo. Melisa, la pequeña, llega de la escuela y nos muestra sus primeras letras manuscritas. En el fondo la ropa ya está seca. Allá fuimos. Las camisas y vestidos de colores tropicales están casi fundidos por el sol fulminante sobre la pila de ladrillos. Ella cuenta los bloques uno a uno. Parece que Jerónimo le insinuó querer construir y vivir en una segunda planta. Ella le dijo que no, sin peros, que con 25 años ya tiene que buscarse la vida y defenderse solo. En cualquier caso, el grandulón tiene el referente ahí, frente a sus narices.