Por Joseph Zárate

Sin desayunar y con la garganta aún adolorida por los ensayos, Kissinger Miranda se ha dispuesto a salir de casa convencido de que hoy venderá una de las mejores canciones que ha grabado en toda su carrera musical. «Será un hit, marica, vas a ver», dice, mientras se peina cuidadosamente los rulos negrísimos y lustrosos frente al único espejo que tiene. Es una mañana de enero y fuera de su sala de paredes de ladrillo, un sol imposible parece querer derretirlo todo en la calle La Conquista: las casitas de madera con fachadas de colores, los niños descalzos que juegan fútbol, un par de vecinas malhumoradas que riegan sus plantas, unos obreros sudorosos que abren zanjas en la tierra para el alcantarillado. Pero Kissinger Miranda, un negro alto y corpulento de la edad de Jesucristo, no pierde la sonrisa ante el calor sofocante y sale rumbo al estudio de grabación vestido como para una fiesta: cadena de plata, zapatillas Nike de color naranja chillón y una camiseta amarilla sin mangas, que deja ver el tatuaje de una mujer-demonio sobre su hombro izquierdo. El cantante de champeta más famoso del barrio Nelson Mandela jamás luce desaliñado cuando sale a vender su música a las disqueras. Sobre todo hoy, que necesita dinero. Mañana su hija Kimberlay cumplirá trece años y ha prometido regalarle un pastel.

Mientras se dirige al estudio, a unos minutos de su casa, Kissinger camina por las calles de tierra como una pequeña celebridad: en algunas esquinas suenan sus canciones a todo volumen, las chiquillas lo saludan, los niños lo abrazan, las madres lo bendicen. Ya nada queda –asegura él– del chico violento que fue: el jefe de la pandilla Los Rastas, el que andaba con una navaja escondida en el cinturón, el que apuñaló ocho veces a un hombre por la espalda y disparaba su revólver calibre 38 a quemarropa si alguien lo retaba. «La música me ha salvado», asegura el músico cartagenero desde el pequeño estudio de paredes blancas, mientras escucha la mezcla de su último single, la que habla precisamente de su historia.

Kissinger Miranda llegó a Nelson Mandela con sus padres y hermanos a mediados de los noventas desde otro barrio cercano, poco después de que centenares de familias afrodescendientes de distintas zonas de Colombia ocuparan terrenos baldíos en la periferia de Cartagena de Indias. Aquellos eran los desplazados que huían de la violencia de paramilitares y guerrilleros. La familia de Kissinger no vivió lo mismo, pero invadió un terreno al igual que ellos. Ahora, casi veinte años después de aquel éxodo, Nelson Mandela es un terreno árido y polvoriento tan extenso como cincuenta canchas de fútbol juntas. Ocho mil familias –obreros, vendedores de lotería, empleadas domésticas, ambulantes– se ganan la vida allí o fuera del barrio. También procuran que sus hijos no terminen presos o asesinados por andar en las pandillas. «Quiero que mi gente se identifique, hacerlos rumbear pero también pensar. Por eso canto sobre lo que he vivido», admite el artista, que ha grabado más de cien temas de champeta, ese género musical de ritmo cadencioso y raíces africanas que está haciendo bailar a toda Colombia. Las letras de Kissinger hablan de amor, de decepciones, de la vida dura que se lleva en el barrio más empobrecido de Cartagena, famosa por sus murallas, monumentos de mármol, viajeros adinerados y hoteles de lujo. Nelson Mandela es ese lado del caribe colombiano que jamás aparece en las guías turísticas.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

A Kissinger, sin embargo, poco le importa esa indiferencia. «Porque ahora hasta los que tienen plata bailan mi música», dice el cantante, que a fines de 2012 cantó en el certamen de Miss Colombia ante una multitud. La fama no era gratuita. Desde que la champeta nació en los barrios más pobres de Cartagena a comienzos de los noventa, este género se ha expandido con los años hasta colarse en las fiestas de alta sociedad. La música que antes bailaban delincuentes y escuchaban las empleadas del hogar, esos covers de bandas africanas con letras delirantes y sexuales, se estilizaron y comenzaron a sonar incluso en Venezuela, Panamá y México. La difusión de las radios ayudó. Los videoclips de HTV y Youtube evidenciaban que la champeta se volvía una industria rentable. Los cantantes del género se volvieron ídolos: desde Charles King, Saiyayin y El Afinaito hasta Papo Man, Kevin Florez y Mr. Black. «El reggaeton está en picada, nosotros en subida», ríe Kissinger, el chico del ‘Talento Natural’, quien solo usa el nombre que le puso su madre luego de ver una película sobre el político que negoció el fin de la guerra en Vietnam.

Kissinger no tiene idea de dónde queda ese país.

Kissinger anhela grabar un disco en Nueva York.

Kissinger sueña con poner a bailar a todo el Festival de Viña del Mar.

Kissinger compone sus canciones de memoria.

Kissinger no acabó la secundaria.

Kissinger quiere ser el próximo rey de la champeta.

Kissinger gana hasta cuatrocientos dólares por cada canción que vende.

—No es poca plata— ríe el músico fanático de 50 Cent y Calle 13.

Kissinger espera tener buena suerte hoy.

Ahora, mientras se dirige a encontrarse con el productor David Borraz en en el mercado de Bazurto, en un puesto de ropa urbana importada de Nueva York, se le nota ansioso. Borraz –cincuenta años, pelo blanco, gafas de sol y camiseta azul Lacoste– es uno de los pioneros en la industria de la champeta. Cada vez que Kissinger compone y graba una canción nueva se la enseña antes a él para saber su opinión. Así se asegura de que la canción realmente sea un hit y pueda verderla luego a las disqueras a un buen precio.

—No lo sé, Kissinger —le reclama Borraz, rascándose la cabeza. La música suena fuerte desde unos parlantes—. Esta canción no es comercial. Es como si la hubieras hecho para ti.

—No joda, cómo va a decir eso si está bacano. Es mi historia— responde el músico, aburrido de esa fórmula usada por artistas que solo cantan sobre desamor o sexo para ser éxitos en ventas. Kissinger siempre quiso seguir su propio camino.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Mucho antes de ser el cantante de champeta más famoso de Nelson Mandela, Kissinger Miranda era un niño que jugaba a ser artista. Le fascinaba bailar, tocar percusión y moldear unos parlantes pequeños con arcilla para luego ponerse a cantar en la puerta de su casa, imaginando que escuchaba música. Sin embargo, muy poco valoraban su talento en casa. Su hermano mayor –de piel blanca, como la de su madre– lo pateaba, lo insultaba y lo humillaba por ser negro. Durante esa época, Kissinger sentía tanta ira contra su hermano que un día casi lo mata de un machetazo en la cabeza. Kissinger tenía ocho años cuando huyó de su casa para irse a trabajar con un carnicero. Doce cuando embarazó a una chica tres años mayor que él. Trece cuando tuvo el primero de sus ocho hijos, todos con mujeres diferentes. Catorce cuando intentó matar a su hermano otra vez, emboscándolo en la calle con un cuchillo. Quince cuando grabó su primer single. Se titulaba El Piojo y lo catapultó al éxito. Sus primeras canciones sonaban en los pick-ups, esas fiestas itinerantes donde los jóvenes van a bailar champeta. Tenía fama, mujeres, voz melodiosa, plata en los bolsillos, una pandilla de veinte chiquillos que él lideraba. Tenía un revolver.

Nadie se atrevía a desafiar a Kissinger.

Mejor dicho, nadie pudo hasta que cumplió diecisiete y conoció a Cruz Padilla, una negra de ojos pardos y caderas anchas que trabajaba como voluntaria en un centro comunitario de Nelson Mandela. Kissinger se enamoró de Cruz. Ella lo ayudó a moderar su ira y tuvieron un hijo llamado Kissinger Jared, un niño encantador que hoy tiene nueve años y sueña con ser doctor, cantante y futbolista, todo al mismo tiempo. «Ser padre me ha cambiado», reconoce Kissinger, mientras mira las fotos que tiene de sus ocho hijos en su smarthphone.

A las seis de la tarde, luego de cerrar la tienda de ropa, Kissinger y su productor salen a vender la nueva canción. Cruzan la avenida frente al mercado y pasan junto a un antiguo centro comercial que antes fue el teatro donde se daban las primeras fiestas de música africana en Cartagena. «¡Mr. Black está allí! Vamos a saludarlo y nos vamos», dice el productor y suben al segundo piso, donde hay un estudio de grabación. A Kissinger no le gusta mucho la idea, pero no dice nada. Mr. Black es el ídolo máximo de la champeta. La venta de su nueva canción iba a tener que esperar.

El estudio Romi es algo así como el Abbey Road de la champeta: los grandes músicos del género suelen grabar sus discos aquí por la acústica especial que le da sus paredes de madera. De pie, frente a la consola, Mr. Black –treinta y nueve años, dreads larguísimos, tatuaje con su nombre en el brazo izquierdo y reloj de oro en la muñeca– escucha la mezcla de su nuevo disco. Mr. Black saluda con frialdad a los desconocidos. Incluso a Kissinger. El productor Borraz dice que ambos artistas tienen la misma voz aguda y melódica, y eso no le gusta a Mr. Black, que también viene de una familia humilde como la de Kissinger. «Hay muchas envidias», dirá luego Cruz Padilla, su mujer. «A algunos se le suben los humos cuando comienzan a tener plata».

Pero Kissinger jura que él es distinto. Que aún cuando sea famoso no se mudará de Nelson Mandela como han hecho algunas estrellas de la música. «Este es mi barrio y yo me quedo aquí. Quiero que otros jóvenes vean que sin armas pueden salir adelante», dice el músico que también apoya en trabajos comunitarios enseñando a otros chicos a tocar instrumentos y a cantar. Kissinger, sin embargo, admite que todavía tiene problemas para controlar su ira. Por eso va todos los miércoles a una iglesia evangélica a unas cuadras de su casa y lee la Biblia por las noches. Pero a veces ni la religión ni la música le funciona. Entonces viaja una hora hasta al centro de Cartagena, donde está la ciudad amurallada, alquila una bicicleta y pasea sin rumbo entre las callecitas de piedra llenas de turistas, rumberas y vendedores de fruta, hasta llegar a la playa. Allí, lejos de Nelson Mandela, casi nadie lo reconoce al verlo pasar. Y eso también le gusta.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Son casi las ocho de la noche. En unas horas Mr. Black subirá a un avión rumbo a Nueva York para darle los toques finales a su disco. Mientras, Kissinger Miranda sigue de pie, esperando en un rincón del estudio. Conforme han pasado las horas, la sonrisa grande que lucía temprano se ha ido transformando en un gesto duro de labios apretados. Kissinger solo quiere que su productor deje la charla con Mr. Black para ir a vender su single de una vez por todas.

—Necesito la plata —le reclama Kissinger con voz tímida, fuera del estudio.

—Tienes que ser paciente, ¿oyó? —le dice el productor, dándole una palmada en el hombro–. Recuerde que Mr. Black ha luchado diecisiete años para estar donde está.

Kissinger, el cantante más querido de Nelson Mandela, mira el piso y ya no sonríe. Recibe unos pesos que su productor le da y se marcha sin despedirse. Fuera del viejo teatro, la avenida Pedro Heredia está repleta de autos y bocinas impacientes. La noche es calurosa. Algunos choferes se detienen y saludan al músico, que destaca en la oscuridad por sus zapatillas naranjas fosforescentes. «¡Hey, Kissinger!», le gritan sonriendo. Entonces él les devuelve la sonrisa y cruza la avenida para tomar el bus que lo dejará cerca de su casa, en su calle de tierra llamada La Conquista. «Mañana será otro día», dice Kissinger y se despide pensando en cómo conseguirá el pastel para su hija. Mañana es su cumpleaños y no quiere llegar con las manos vacías.