Por Carlos Serrano

Germán Vásquez tiene dedos largos, huesudos, con las uñas cortadas minuciosamente a ras de piel. Son manos con las que elabora una delicada artesanía digital. Desde una sala de videojuegos en el barrio Nelson Mandela de Cartagena, ha creado producciones que superan el millón de visitas en Youtube.

Desde hace cinco años, Germán se dedica a la producción de fandubs, que es la abreviación de fan-made dubbing, el doblaje de pistas sonoras realizado por aficionados. Su pasión es hacer las versiones en español de canciones, series y películas del anime japonés. Le obsesionan la concordancia milimétrica entre las voces y el movimiento de los labios de los personajes de los dibujos animados. Su trabajo consiste en evitar esa molesta sensación que suele pasar con las traducciones de novelas brasileñas o las películas chinas que pasan los domingos por la noche en los canales nacionales, en las que los personajes siguen gesticulando aún varios segundos después de que haya dejado de oírse la voz.

Lo hace de manera amateur, pero en realidad comprende un complejo proceso de traducción, adaptación, escritura de guiones, edición y montaje digital. Básicamente, deconstruye una obra original y vuelve a armar el rompecabezas, esta vez, en español. Sus principales herramientas son internet, dos computadores y programas profesionales de edición de audio y video, como Adobe Audition, Cubase y Sony Vegas. La licencia original para usar estos programas puede costar entre 100 y 500 dólares y él no tiene ese dinero, por eso los descarga de sitios web. Aprendió a usar estos programas por sí solo y los domina con soltura y precisión. Manipula varias capas de imágenes, música, diálogos y efectos de sonidos y con ojo y oído microscópico busca la sincronía perfecta entre lo que ve y lo que oye. El trabajo que realiza requiere destreza y conocimientos avanzados, pese a esto, su madre dice que no le gusta lo que hace Germán porque, según ella, el computador “le debilita el cerebro”.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Germán insiste en ser un perfeccionista en un barrio donde el polvo lo impregna todo, lo ensucia todo, lo opaca todo. Es el dueño de “Nueva Generación 58”, una sala de videojuegos en el sector El Edén del barrio Nelson Mandela al suroccidente de Cartagena, un asentamiento de unos 45 mil habitantes, muchos de ellos desplazados que llegaron huyendo de las atrocidades de la guerrilla o los paramilitares. Mandela está levantado sobre un basurero que los pobladores han ido rellenando. Los vecinos conviven con un precario sistema de alcantarillado, por eso en varias calles se siente el penetrante olor fétido que despiden las aguas estancadas y los caños que arrastran desde mierda hasta colchones. También viven con miedo a las revueltas de pandillas, jóvenes aburridos y desesperados dispuestos a matarse por una gorra o porque simplemente los miraron rayao. Mandela es uno de los barrios más pobres en una de las ciudades más pobres de uno de los países más desiguales del mundo. Para muchos de quienes viven ahí el futuro más lejano que pueden planear es conseguir el arroz y la panela para la cena. Pocas calles están pavimentadas. Los mototaxis que pasan por la calle destapada levantan una polvareda que se cuela por cada rendija y se impregna en la piel de los niños que juegan escurridos en las sillas de Generación 58, en el piso, en las pantallas. Por más que Germán limpia los dos Playstations y los dos Xbox que conforman su negocio, en pocos minutos vuelven empolvarse.

Con la sala de videojuegos, Germán aporta a la subsistencia de su familia. Antes de montarla, había abandonado sus estudios de técnico electrónico para trabajar en un granero en el mercado de Bazurto, la central de abastos de Cartagena. Ahora, a sus 31 años, vive con su madre y sus dos hermanos, la novia y el hijo de uno de ellos.

En las calles del Mandela retumban la champeta y el vallenato en las esquinas, en las tiendas o en los billares donde los jóvenes juegan dominó, toman cervezas y ven pasar a las muchachas. El ambiente parece festivo a cualquier hora del día pero, para muchos de ellos, es solo el maquillaje del denso letargo con el que se lidia el desempleo.

Germán no se acomoda mucho a ese estilo de vida. No le gusta la champeta, no baila ni toma licor. Puede pasar varios días sin salir de su casa. “Antes salía con algunos amigos, pero desde que tengo internet soy un ermitaño, tengo todo lo que necesito sin tener que ir a la calle”. Su forma de hablar también es distinta a la de muchos de los chicos del barrio: no tiene el dejo ni la jerga de los champetúos y su tono de voz es bastante plano, neutro, por eso dice que nunca podría ser actor de doblaje: “no tengo madera para eso, lo mío es la producción”.

Su verdadera vida social está a miles de kilómetros del Mandela, aunque lo más lejos que ha viajado es a Santa Marta, a cuatro horas por carretera desde Cartagena. Sus amigos son todos aquellos que, en la red, trabajan haciendo dubbing. Dos de ellos son actores profesionales del doblaje: uno venezolano, que en el mundo del fandub es conocido como Hysteric Dragon, y otro mexicano, que se hace llamar Radik. Sus amigas también son fandubers: Suki, de México y ReiRei, panameña de padres chinos. A ninguno de ellos los conoce personalmente.

Conversar con Radik, Suki y ReiRei es casi como hablar con Oliver Atom o Ranma 1/2. Radik habla pausado, pronunciando cada palabra con una dicción perfecta, con un tono de voz uniforme. Tiene una voz entrenada, por eso es difícil identificar si está hablando de manera natural o está ensayando para uno de sus personajes. Suki y ReiRei se ríen con ese tono agudo que de inmediato remite a la imagen de Sailor Moon riendo sonrojada y con los ojos cerrados. A diferencia de Germán, ellos viven en sectores de clase media en México y Panamá, lejos de las condiciones precarias del Nelson Mandela.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Germán dirige y coordina todo el trabajo de los actores en los doblajes que realizan. El sector de Mandela donde vive no tiene redes de internet, así que se conecta a través de un cable que viene desde El Nazareno, un barrio vecino. Su velocidad de conexión es de solo 2mb, pero le alcanza para hablar por Skype con los actores, descargar las grabaciones de voz que le envían y luego publicarlas en undervoxstudios.com, el sitio web que él mismo creó. Hasta ahora, su grupo ha realizado 26 producciones, incluida una película que dura casi tres horas: La desaparición de Haruhi Suzumiya, una exitosa animación japonesa que narra la historia de una adolescente que, aunque no lo sabe, tiene el poder de crear nuevas realidades a partir de sus sentimientos. La traducción no oficial que escribió, dirigió y editó Germán tiene 964. 709 reproducciones en Youtube. También tiene la película publicada en capítulos separados, algunos de los cuales ya superan el millón de reproducciones.

El proceso de fandubing es quirúrgico. Después de conseguir el video en alta definición, lo primero es diseccionar la pieza, separar la imagen, los diálogos, la música y los efectos de sonido. Luego, hay que lograr la mejor versión posible del libreto en español. El nivel de inglés de Germán es básico, por eso copia y pega los libretos originales en inglés en los traductores de Google y del diario El Mundo. A partir de las dos versiones que le arrojan estas aplicaciones, logra un primer borrador del guión español, que luego corrige, palabra por palabra, pausa por pausa. Cuando el libreto está listo y lo ha sometido a varias pruebas de sincronización de labios , se lo envía a los actores para que cada uno grabe su parte. Germán les pide que graben los diálogos una y otra vez, hasta lograr la mejor versión.

Con todas las fichas listas, Germán se va a sus programas de edición, donde con pulso de relojero utiliza el mouse y el teclado para reacomodar las piezas, ensamblar las voces con las escenas, montar –y muchas veces reconstruir– la música y añadirle los efectos de sonidos que tiene guardados en una carpeta que ocupa 20 GB de memoria en su disco duro.

Es un trabajo meticuloso y muchas veces revelador para sus colegas fandubers. Radik, Suki y ReiRei admiran a Germán porque siempre logra que “se vean bonitos”. A cada grabación que ellos le envían, él le revisa cuidadosamente la pronunciación y vocalización, le “limpia” el audio, y le aplica filtros y efectos para dejar la voz impecable.

Radik, Suki y ReRei tienen además un programa de radio, Pandora Vox, que transmiten todos los sábados en la noche y que está dirigido a la comunidad fandub de América Latina. Germán, aunque es el alma de Undervox, nunca ha aceptado aparecer en el programa porque “no le gusta la farándula” y prefiere mantener un perfil bajo. En Facebook solo tiene 35 amigos y ni siquiera ha adoptado un nickname en las redes. Sus colegas han creado por jugar una imagen mítica alrededor de él, y hasta lo invocan con una oración durante el programa de radio:

Germán nuestro que estás en tu compu, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu edición, hágase tu voluntad tanto en la Edén como en Haruhi, danos hoy nuestro guión de cada día, perdona nuestras tardanzas, como también nosotros perdonamos a quienes nos retrasan, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal filtro…Germán.

Todas las producciones de Undervox son sin ánimo de lucro, así lo dejan claro, pues las productoras y los grandes estudios persiguen y “tumban” los videos que consideren que están violando los derechos de autor. Sin embargo, la precisión de los doblajes que dirige Germán le está sirviendo para ganar algo de dinero. Civisa Media, una empresa de traducciones con oficinas en Argentina y Nueva York, conoció el trabajo de Germán y comenzó a pedirle que adaptara libretos de programas que se transmiten por canales como Discovery Channel, Animal Planet, Investigation Discovery y Discovery Home & Health. Desde hace nueve meses, recibe correos electrónicos escuetos y esporádicos: “Tenemos uno nuevo guión. ¿Qué dices?”. En el mensaje le adjuntan un libreto en inglés, un libreto en español y un glosario con términos clave. Además, le envían el video del episodio que debe adaptar. Con ese material, su tarea consiste en editar el texto, reemplazar modismos, localismos o expresiones que quizás no se entiendan en todos los países de habla hispana. Con cada capítulo de 30 minutos que adapta, gana 30 dólares, si el capítulo dura una hora, le pagan 50 dólares. Además, Germán ha aprovechado los formatos de guión que le envía Civisa para perfeccionar la forma en que estructura sus libretos de fandub.

Todo este trabajo lo realiza en su sala de videojuegos, en la que jugar media hora cuesta 700 pesos. Al día, normalmente no gana más de 30 mil. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche, niños y adolescentes llegan a Nueva Generación 58 a jugar Fifa, Pro Evolution Soccer y Grand Theft Auto, uno de los favoritos del barrio, en el que juegan a pelear con pandillas, traficar con drogas y conseguir armas, algo bien cercano a la realidad del Mandela. La sala tiene cuatro monitores, cuatro consolas y un aire acondicionado que Germán nunca prende, porque es muy caro. Muchas madres dejan ahí a sus hijos, quienes pasan horas frente a la pantalla, absortos, en silencio, mientras piden juegos que les permiten hacer gambetas con Messi, acostarse con prostitutas o enfrentarse a la policía armados de una bazuca. En ocho años que lleva con la sala de videojuegos, solo un par de veces ha recibido reclamos por dejar que jueguen juegos violentos.

Los amigos de Germán –y él mismo– saben que tiene un talento excepcional. Su habilidad para manipular los equipos, su correcto uso del idioma –aunque no lee libros– que le hace respetar las tildes y la puntuación incluso cuando chatea por Whatssapp y la búsqueda obstinada de la perfección, le podrían abrir campo a nuevas oportunidades. Sin embargo, hay algo en su personalidad retraída que le impide sacudirse el polvo: “Yo sé que soy bueno, pero me ha faltado ambición”.

Por ahora no tiene planes concretos para su futuro. Con una sonrisa resignada y los ojos clavados en el teclado del computador, Germán reconoce que algo le falta, que por timidez o por inseguridad no se atreve a mostrarle su trabajo a una productora que le pague más dinero. “Ellos que van a querer contratarme, deben tener gente muy buena allá”. O quizás es ese afán de perfección el que no lo deja arriesgarse, “primero debo estudiar, prepararme más”, aunque no tiene claro ni dónde ni cómo, ni cuándo, ni con qué.