Por Ana Paula Tovar

Morir es una certeza; la forma en que se muere no siempre lo es, el momento mucho menos, pero la manera en que se nos dará el último adiós si, pues las tradiciones de cada cultura dictan el funeral. En la costa caribeña de Colombia, en específico en Palenque de San Basilio, la última despedida es tan importante como el primer suspiro y si al nacer un alarido anuncia la vida, en la muerte varios de ellos acompañan la retirada. Un sollozo no basta, es necesario sacar el profundo dolor por el fallecimiento de un ser querido con llanto surgido de las entrañas y para eso las especialistas son las lloronas.

Cuando un palenquero muere sus familiares deben prepararse para el Lumbalú, una tradición de vaivenes emocionales que tiene como fin darle feliz descanso al fallecido y evitar que su alma quede vagando. Esta costumbre –la más importante en la comunidad– está reservada para los adultos, a los niños se les vela un día y se les entierra al otro, según incrementa la edad del fallecido aumentan los días del velorio, hasta alcanzar como máximo nueve días enteros a partir del momento del entierro. La noche más especial es la novena cuando el pesar se expresa de forma esquizofrénica frente al altar preparado para el difunto: se baila, se ríe, se aplaude, se llora acompañado de gritos, se reza, se llora y se canta al mismo tiempo hasta las 4:00 de la mañana, momento en el cual se apagan las velas, se baja el paño (colgado sobre el altar), se llora por algunos minutos de forma ininterrumpida y con la llegada del silencio se enciende la luz para dar fin al ritual donde las mujeres, entre ellas las lloronas, juegan un papel muy importante.

María Frutos Navarro mira con recelo a quien se acerque a su portal, ella sólo confía en los muertos y sus deudos, es plañidera, asiste a todo funeral que se le invita, utiliza vestimentas especiales para ello –negra, beige o blanca– y siempre usa el mismo bolso, uno donde caben las pertenencias necesarias para la ocasión: cosas para el aseo y algo de ropa por si le toma tiempo volver a casa. Tiene 43 años. A ella le gusta reír y en estos días sólo sueña con un sombrero negro de ala ancha para llevarlo al Carnaval de Barranquilla, que tendrá lugar la siguiente semana, pero también le encanta llorar y por eso no guarda rabia. Como palenquera aseguró que en ese pueblo todo mundo llora, aunque las mujeres lo hacen mejor. Hace 12 años vive en el barrio Nelson Mandela, un lugar alejado de “Cartagena la fantástica”, la ciudad amurallada llena de turistas que abarrotan restaurantes y hoteles boutique.

Entre los 45.000 habitantes del Nelson Mandela viven algunas palenqueras expertas en el llanto. Ellas nacieron a 50 kilómetros de ese sitio, en Palenque de San Basilio, el primer pueblo libre de América. Un poblado con casitas coloridas, mangos, papayos, platanales; con una plazuela pintoresca, donde todos comparten apellidos, se conocen sin ser parientes, tienen el mismo origen africano y se enorgullecen de ello. Estas mujeres lloran por tradición y porque es un honor saber hacerlo correctamente. El “leko” no es un simple y triste sollozo, tampoco es un lagrimeo constante o momentáneo, es el nivel más alto de llanto, es dejar fluir la pena interna hasta que los ojos llenos de lágrimas acompañen una voz profunda gimiente cavernosa, casi como un canto adolorido, como si las palabras pronunciadas tuviesen un eco (posiblemente el origen de su nombre).

Foto: Joaquín Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquín Sarmiento/FNPI

–¡Ay mona mi!¡Ay mona mi!¡Ay mona mi! (¡Ay, hijo mío!).

El lenguaje utilizado por las lloronas es el palenquero, una mezcla entre castellano y el bantú, grupo de lenguas originarias del centro y sur africano. De África también proviene la característica principal del rito funerario, un tambor llamado Lumbalú, el cual da su nombre a esta ceremonia. El uso de tambores, así como la persistencia de esta celebración tiene su origen en la lucha palenquera por defender su idiosincrasia desde la época colonial.

“Tu me dices que si, tu desprecias la muerte.

Tu me dices que no, tu desprecias la muerte.

Para calmar mi dolor, para calmar la muerte.

Para calmar mi dolor, para calmar la muerte.

Para calmar mi dolor, para calmar la muerte.

Ay tu me das Mercedes,

ay tu me das Mercedes,

ay tu me das Mercedes.

Dime que si Mercedes, dime que no Mercedes.

Dime que si Mercedes, dime que no Mercedes.

Ay tu me das Mercedes.

Ay Mercedes, ay Mercedes, ay Mercedes, ay Mercedes”.

En la costa caribeña de Colombia la sensualidad interviene en muchos aspectos –por ejemplo en el baile, uno cadencioso, pegadito, apergollado, fundamental para el cortejo– en la muerte no es la excepción y es común escuchar durante el Lumbalú canciones como “Mercedes” del famoso Sexteto Tabalá.

Al caminar por el Nelson Mandela es más usual escuchar Champeta, otro ritmo basado en la herencia africana, aunque nacido en Cartagena. Marta Magdalena Pérez (Martica) es champetera, a sus 58 años mueve la cadera con la soltura de una jovencita. Martica sabe lo que es la pena por un ser querido, perdió a dos de sus siete hijos y con tristeza aseguró que no había un dolor igual. Es abuela de 16 y bisabuela de ocho; tiene 17 hermanos aunque tuvo 20. Muchas lágrimas derramó y derramará, pero ella prefiere reír y bailar, eso y el “cuchi cuchi” son sus cosas favoritas.

Hace veinte años llegó al barrio, vive en una pequeña casa donde el piso es de tierra, los muros de tablas de madera pintadas de blanco y el techo de aluminio. Se mantiene gracias a la venta de cocadas en Bocagrande que cocina con leña, pues carece de estufa. Podría parecer que le sobran motivos para llorar, pero la mayor parte del tiempo echa carcajadas. Esta palenquera menuda y canosa con trenzas pegadas al cuero cabelludo perfectamente alineadas, siempre viste con playeras de algodón, falda hasta la rodilla y sandalias. Por las tardes se sienta afuera de su casa y habla con quien pase, pero sólo para bromear, mientras, las vecinas sacan una a una su silla y se agrupan. Pazmari es la más cercana y celebra cada palabra de la Martica. Hablan sin pudor de sexo frente a las chiquillas y adolescentes que comparten la tarde con ellas.

–¿Tu ya te has comido a un negro?, me preguntó.

–Yo si, y si veo venir uno, si lloro: ¡Ay ay ay mamááá mamáááááá!, se contestó.

En una foto antigua donde sólo se le ve el rostro luce más gordita pero enflacó debido a la diabetes, dijo mientras le daba un sorbo a su vaso de Coca-Cola, y empeoró porque hace unos meses contrajo Chikungunya, una enfermedad muy común en la zona trasmitida por un mosquito. Ahora sufre picores debido a las ronchas que tiene en la espalda y calambres en las piernas y las puntas de los dedos de las manos. Aun así no ha planeado su despedida, prefiere no hacerlo, pues cree que es un mal augurio: “Un palanquero se afilió para comenzar a ahorrar para su velorio y a los tres días se murió”.

Martica nunca ha llorado a cambio de dinero, lo hace por tradición, aunque aseguró que algunas plañideras cobran a partir de cuarenta dólares por asistir a un funeral. En Palenque, una rezadora, dijo que las lloronas no cobran a menos que el fallecido no sea palenquero, sino sería una deshonra. En cambio, rezar tres rosarios completos diario –15 misterios con su letanía– y unos cuantos más durante el noveno día de velación, además de recitar una oración improvisada que incluye historias del fallecido, de sus familiares y conocidos también muertos, de aquellos que los dolientes mencionan y fueron parte de su comunidad; eso es un oficio, eso si tiene precio en el Lumbalú, aproximadamente 80 dólares por los días que dure el rito completo.

La deshonra es una razón válida para negar ganancias monetarias, así, María nunca aceptó como su oficio “el llanto”. Según relató, el único beneficio obtenido es acompañar a los deudos y satisfacer su gusto por llorar, pues es una forma de expresión para sacar todo su estrés, y habló con mucho entusiasmo de la comida ofrecida el último día; es típico matar una vaca y preparar calderones de arroz en distintas presentaciones para ofrecer a los invitados, así como dar café para beber, y en algunas ocasiones alcohol. María es una mujer rechoncha, con rostro muy expresivo y de boca grande en la cual un diente de plata se lleva todo el protagonismo. Su hablar y postura son fuertes y no tiene pudor al decir: “yo pago mi pasaje a Palenque para acompañar a los dolientes y darles el pésame, así que me deben dar comida”.

En la festividad celebrada en casa de los deudos y en la calle, los llantos de las plañideras acompañados por tambores no incomodan a nadie, al contrario, son parte primordial de esta ceremonia. Para llorar, según María, es suficiente recordar aquellos seres queridos que han muerto. Y para hacerlo adecuadamente es necesario abrir la boca hasta el grito para dejar salir el dolor interno y así hacer el “leko”. Lo que en un sitio es casi obligatorio dentro de una funeraria se vuelve incómodo, por eso María no asiste velatorios entre cuatro paredes, pues no la dejan llorar como ella quiere. En una ocasión se vio obligada a ir, pues la difunta era su cuñada. Ante su llanto la gerencia llamó a su hermano y lo sentenció: o sacaba a María o ellos sacarían el cadáver.

En cambio, Marta Magdalena no hace honor a su nombre, ella sólo llora por sus familiares o conocidos. Su madre si tenía el oficio y entrenó para poder llorar en funerales sin necesidad de trucos, pues “otras se chutaban el ojo o se untaban mentol”. En una ocasión oyó decir con incredulidad que lo más práctico para lagrimear con facilidad era rallar una cebolla y untarse el jugo resultante. Así mismo, aseguró que lloriquear no es suficiente, se debe hacer un sonido semejante a un gemido o gritar. Varios días y horas haciendo “leko” desgastan, pero para eso las lloronas también tienen técnicas, agua de jengibre o gárgaras con zumo de limón y la garganta queda renovada.

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Foto: Joaquin Sarmiento/FNPI

Durante el Lumbalú, “una vaina muy seria”, como aseguró Keila Miranda (20), una joven palenquera, el llanto es exclusivo de las viejas, pero ella siempre mira con respeto para aprender y continuar con la tradición hasta llegar a ser igual de buena que su abuela o sus tías. El llanto, una expresión tan básica, adquiere muchos matices cuando se convierte en un aspecto que refleja el carácter de las comunidades. No es lo mismo llorar en Inglaterra, ni en Japón, incluso no es igual en Argentina, más cercana a Colombia.

“Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”. Julio Cortazar, Instrucciones para Llorar.

La tradición de las plañideras no es exclusiva de Palenque. Los primeros registros de estas mujeres pertenecen al antiguo Egipto, donde las lágrimas ayudaban a los difuntos en su transición al mundo espiritual. Más tarde aparecieron en la antigua Grecia y Roma, y después se incluyeron en la práctica cristiana; llegaron a América junto con la conquista española, pero poco a poco han desaparecido. Las lloronas palenqueras atribuyen su origen sólo a su pasado africano, aunque el uso de las mismas está esparcido entre los costeños colombianos, y es llevado a su expresión más caricaturesca durante el último día del carnaval barranquillero en que mujeres vestidas de luto (viudas) lloran sonoramente a “Joselito Carnaval” recién fallecido.

En la vida como en la muerte los roles femeninos y masculinos están bien definidos en Palenque. Durante el Lumbalú, la viuda –vestida de negro con un pañuelo blanco en el hombro derecho– permanece dentro de su casa junto con las mujeres que la acompañan cercanas al altar dedicado al muerto. Ellas bailan, lloran, cantan, rezan, cocinan; se visten en colores sobrios, a diferencia de los brillantes que usan durante el resto del año. El hombre, por lo general, permanece en la calle y porta alguna prenda blanca. La interacción entre géneros se da durante algunos bailes o cuando los músicos tocan rodeando a las mujeres.

En el día a día, las mujeres palenqueras pasan la mañana haciendo labores en el hogar y tras la comida se acomodan bajo una buena sombra a charlar con otras mujeres, siempre cerca de casa. Los hombres salen desde temprano a trabajar, muchos en el campo, vuelven a comer algo y salen a convivir con sus amigos a la plaza, a algún establecimiento o en alguna esquina. La situación se replica en el Nelson Mandela.

Hace tiempo Martica quiere remodelar su casa, ya ha comprado los ladrillos, varillas, cemento y la arena para construir. Un grupo de muchachos ayuda a acarrear el material, mientras tanto las vecinas cocinan, limpian o atienden a sus hijos y por momentos se asoman por curiosear. Por la tarde se juntarán a charlar, sólo ellas; los hombres se distraerán, los más pequeños jugando en alguna calle aledaña, los mayores por ahí.

La cotidianidad es así en esta esquina del mundo con 35 grados centígrados en febrero, la temporada menos calurosa. Un día llegará la muerte, que cuando se vive en el barrio Nelson Mandela a diario hay formas de recordarla, pues es el sitio con mayor número de homicidios en Cartagena. Jorge Pérez, el padre de Martica, tiene 98 años, una carnosidad nubla casi por completo su ojo derecho, camina con bastón y tiene el rostro cubierto de arrugas y curtido por las largas jornadas que pasó cultivando arroz, maíz y yuca. Extraña Palenque. Él ya se ha preparado para su muerte y en su velorio desea que le toquen una canción de mariachi: “La vida no vale nada”.