Palenque de San Basilio, mítico pueblo de cimarrones, parece no haberse librado del flagelo de la esclavitud, perpetuada, en este siglo, por los grupos armados ilegales. Adalberto, una de las víctimas, nos cuenta cómo es el éxodo de vuelta: del pueblo a la heroica Cartagena de Indias.


Por Víctor Menco 

Adalberto Herazo Cassiani, un anciano de 72 años, es el patriarca del barrio Nelson Mandela. Por donde pasa, los niños se asoman felices a gritarle “¡Palenque!”, como si se tratara del juego del escondido. Siempre contesta sonriente, levantando con dificultad la mano izquierda, mientras la otra marca el compás de la lenta marcha de su bastón. Tal como su apodo lo indica, es oriundo de Palenque de San Basilio, un caserío de 3.500 personas fundado por esclavos africanos fugitivos de Cartagena de Indias en el siglo XVI, considerado el primer pueblo libre de América y declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Cinco siglos después, Adalberto era otro fugitivo, pero haciendo el viaje de vuelta. Así me lo contó, luego de conocerlo a través del líder de la comunidad de Nelson Mandela, Whailer Herrón, a quien le pregunté si conocía a algún “desplazado por la violencia”. El líder me lo presentó, con las debidas credenciales de “fundador del barrio”, en la Biblioteca Comunitaria Hermana Elfride (que además “Palenque” ayudó a construir). Me invitó a su casa y me narró la historia de su éxodo, con algunas dificultades para expresarse en el idioma español.

Tenía 55 años cuando aquel fatídico incidente resquebrajó su vida y mucho más que eso. Vivía en La Bonga, un caserío de palenqueros a 15 kilómetros de Palenque. De un día para otro comenzaron a bajar, desde los Montes de María, grupos de hombres “blancos” armados y uniformados: la guerrilla. Habían llegado con las ya conocidas prácticas de extorsión (‘vacunas’), de las que no se salvaban ni siquiera estos ermitaños culturales, que, hasta ese momento, poco o nada tenían que ver con los afanes del mundo occidental; aunque los guerrilleros no llegaban hasta Palenque por quedar demasiado cerca de la zona urbana, donde custodiaba el Ejército.

Adalberto observaba a la guerrilla haciendo patrullajes, y, como en el pueblo es costumbre que la gente se siente en el frente de su casa, se volvió una persona familiar para los visitantes. Durante una pequeña reunión guerrillera efectuada en el caserío, llegó hasta Adalberto “una mosca” (o informante de las FARC) preguntando por cuánto alquilaban los mulos. Él respondió que la tarifa del animal variaba de acuerdo al trabajo que hiciera: en esa época 3.000 pesos “el viaje” (recorrido de La Bonga a los sembrados). Al caer la noche, vio venir aproximadamente a 100 guerrilleros y le pidieron hacer una reunión en su casa, ante lo cual no pudo negarse.

Una vez se hubo marchado la guerrilla, el vecino de al lado –“un lenguón”, en palabras de Adalberto–, fue a Palenque y allá se puso a decir que las FARC hacían reuniones en su casa. Luego, en La Bonga, se supo que se supo. La guerrilla no tardó en enterarse de lo que se murmuraba y les disgustó que Adalberto pudiera informar sus planes al Ejército. No contaron con que el mandadero de las FARC, un palenquero que era sobrino de la esposa de Adalberto, escuchaba las conversaciones de los guerrilleros y salió a darle aviso.

Era un Miércoles Santo. Adalberto había llegado a La Bonga de vender provisiones en El Limón a bordo de un mulo. Al verlo, el mandadero le dijo que las FARC lo estaban buscando, pero él no le dio importancia. A las 6 de la tarde, mientras cenaba, llegó el mandadero y le dijo que lo iban a matar. A la mente de Adalberto llegó el recuerdo de las atrocidades perpetradas por la guerrilla: en Cativa habían asesinado a un hijo de María Flórez; en el Limón, a Regina y a la hija de Huberto; además del grupo de jornaleros de Arroyo Hondo a quienes la guerrilla había decapitado mientras desayunaban, antes de ponerse a trabajar (salvándose solo la mujer de uno de ellos porque estaba en el río lavando unos platos).

Sin pensarlo mucho, Adalberto le dijo a Agripina Reyes, su mujer: “Mami, yo voy a dormir donde Nuris”, la hija que vivía retirada de su casa, allí mismo en La Bonga. Agripina quería ayudarlo, pero temía ser descubierta; de manera que empacó algunas mudas de ropa en una bolsa que metió en una ponchera. Acto seguido, cubrió la ponchera con una toalla y se la puso en la cabeza (a la manera de las estampas turísticas de las palenqueras en Cartagena) para que la guerrilla creyera que iba a trabajar a los sembrados. Al perder de vista a la guerrilla, se desvió hacia la casa de su hija y despidió a su marido, quien salió a hurtadillas para Cartagena. Meses más tarde, cuando el grupo armado se retiró, la nostalgia de su terruño lo hizo volver a La Bonga.

El evento se repitió. La tercera vez, en cambio, fue diferente: “Un sábado salí de La Bonga a Palenque a comprar mi comida. El domingo en la mañana ya la había comprado, pero me faltaba un coco. Cuando estoy comprando el coco, me dice un vecino: ‘Adalberto, en el puente hay dos tipos esperándote’. Me había quedado con mil pesos en el bolsillo, y con esos mil pesos me vine a Cartagena. No he ido más”. Y es cierto, no ha ido, porque simplemente La Bonga hoy no existe. El gobierno reubicó a sus residentes cerca de Palenque para que tuvieran más seguridad. “Eché mi agricultura a perder, porque las tierras están allí”, dice con nostalgia.

Llegó a Cartagena, en agosto de 1994, donde un familiar en el barrio La María, quien también recibió a su mujer y a su pequeña hija. “Los primeros dos meses lloraba de hambre”, recuerda. El Mercado de Bazurto, adonde solía ir a comerciar sus cultivos, fue su salvación: allí compró una cava con bolsas de agua para vender a los pasajeros de los buses que pasaban por la Avenida Pedro de Heredia. A pesar de tener un trabajo honrado, Adalberto sentía que era indignante. Por eso, cuando veía a un paisano suyo que pasaba por Bazurto, se escondía. “Es que yo no era eso. Yo soy un tipo de campo”. Tal vez por esa improvisación de su oficio de ‘aguatero’ no vio una moto que venía a gran velocidad y lo atropelló, dejándole el brazo izquierdo servible solo para saludar.

Foto: Natalia Pérez/FNPI

Foto: Natalia Pérez/FNPI

Cierto día, identificó a un guerrillero que vivía en La María, aunque este, por fortuna, no lo reconoció nunca. Sin embargo, la estigmatización sobre los desplazados era tan fuerte que hasta su propio familiar lo rechazó, argumentando que no iba a permitir que lo mataran por culpa suya. Así que le tocaba irse de allí con su esposa e hija.

En aquella época, miles de desplazados por la violencia estaban “invadiendo” tierras en muchas zonas urbanas. Para tener una idea, además de los 220 mil muertos que entre 1958 y 2013 dejó el conflicto armado interno, hubo 4,7 millones de desplazados (en cifras del Centro de Memoria Histórica de Colombia), y el país ocupó el segundo puesto en 2013 en desplazamientos internos, debajo de Sudán (según el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno). Adalberto, un grano entre esta arena de cifras, se fue a buscar su tierra. Llegó a la zona suroriental de Cartagena donde tenía unos amigos que la habían “invadido”. Pero las parcelas eran muy pocas y de alto riesgo, por estar cerca de la Ciénaga de la Virgen.

Llegado diciembre, un vecino lo invitó a invadir un terreno aledaño a la zona industrial. De inmediato, cogió su machete y su garabato de campesino para cortar la maleza. Fueron en total cuatro los que construyeron sus cambuches sobre las tierras de un conocido empresario, que también era dueño de dos hoteles en la exclusiva zona turística de Bocagrande. “¿Usted no se sentía mal por ‘invadir’?”, le pregunto en este punto. “Al contrario —responde—, yo me sentía era alegre!”.

Una noche, días después de que otros desplazados habían seguido el ejemplo de “Palenque” y sus amigos, el empresario les echó el Ejército. Adalberto recuerda que la gente estaba espantada, ya que entre los “invasores” había, además de víctimas de la guerrilla y los paramilitares, desplazados por el mismo Ejército en otras latitudes de Colombia, que temían no poder librarse nunca de un fatídico destino. A pesar de todo, se armaron con palos, machetes y piedras para defender su derecho a la tierra.

Después de años de litigios jurídicos, traiciones de dos líderes de la comunidad y el asesinato del tercero, el gobierno otorgó a los desplazados las tierras de Nelson Mandela (llamado así por la identificación que los afrodecencientes de la comunidad sentían por la lucha de líder sudafricano). Al mismo tiempo, se fue enterando de los asesinatos en La Bonga: los de su primo Otoniel Herazo y “El Negro” Barrios.

Al preguntarle por la nostalgia que implica vivir lejos de su cultura, manifiesta que sí la ha sentido, pero que no se regresaría a Palenque porque hay menos atención médica para sus problemas: la limitación de su brazo, una trombosis, la presión alta, la miopía, la retención de líquidos, etc. Sin embargo, apenas suena la música de tambores “ahí mismo paro el oído, pero no me puedo emocionar por la salud”.

Otra de las añoranzas del señor “Palenque” hasta hace poco fue el uso de su lengua materna (un criollo mezcla de español con lenguas bantúes, como el kikongo y el kimbundu). Ni siquiera la ha podido hablar con su esposa porque ella nunca la quiso aprender. “Me daba vergüenza que se burlaran de mí”, confiesa Agripina bajando la cabeza hasta esconderla en sus brazos. Tampoco sus hijos, quienes viven aparte, la hablan. Sólo ha podido expresarse a comodidad ahora que una nieta, criada en Palenque, se ha venido a estudiar a la ciudad, trasladada de un colegio bilingüe donde le enseñaron español y palenquero.

Por su color de piel, Adalberto dice que nunca ha sentido discriminación en la ciudad: “Hoy el color negro delante del blanco es muy atendido. Yo tengo un hermano, que estaba trabajando en una empresa. Y una cachaca, una ‘mona’, estaba pagando para que se lo presentaran. Pero, como él es una persona que ha sido maltratada por la guerrilla, él se escondía. Porque él dice que cuando el blanco está buscando al negro por algo malo es”, dice sonriendo. “Pero ya todos somos iguales”, agrega, rememorando la gesta de su pueblo contra los esclavistas españoles. “El palenquero más bravo ha sido el libertador Benkos Biojó; y el segundo, el campeón mundial de boxeo ‘Kid Pambelé’”.

Tal vez el señor “Palenque”, quien se ganó el cariño de los vecinos al regalar cuatro lotes de su propiedad en Nelson Mandela, y quien hoy goza del respeto de sus 45.000 habitantes, sea el tercer palenquero más bravo, y la Historia nunca se entere.