Por César Castro Fagoaga

El disparo le entró detrás del hombro y casi le echa a perder el tatuaje con el nombre de su madre. Si hubiera sido con una 22, como la que la policía incautó el martes a un jovencito en el territorio de otra pandilla del barrio Nelson Mandela, el daño hubiera sido considerablemente mayor pero la cicatriz apenas competiría con la rosa y esas tres letras: Ana. Pero a Kalero le dispararon, por la espalda, con una changona. Y como todas las escopetas artesanales, la changona dispara cartuchos de escopeta 12, los que dejan un racimo nada despreciable de cicatrices.

Ese 28 de diciembre, Kalero escuchó que dos de sus homeboys habían sido atacados por un grupo de Los Caguameros, el boro que controla calle abajo, detrás de esa línea imaginaria que divide 18 de Enero y Los Deseos, dos de los 24 sectores del Mandela. Su madre, Ana Gabriela Calero, le dijo que no saliera. Su vecina, Sara Pérez, una mujer que alquila la mitad de la casucha de Ana para vivir con su esposo y sus cinco hijos, se lo repitió. Pero Kalero bajó de todas formas esa empinada calle tierrosa para buscar pleito. No encontró a nadie. Decidió regresar. Había anochecido y Kalero no pudo advertir que dos caguameros lo esperaban ocultos. Caminó hasta que sintió hirviendo la espalda, el hombro izquierdo, la nuca, detrás de la oreja. No recuerda el estruendo del disparo; solo que aquellos perdigones, minúsculos como el sorgo, le quemaban la espalda.

Kalero se llama José David Pérez Calero, pero él prefiere escribirlo con k porque le parece más bacano. Así se lo tatúo en el antebrazo izquierdo, muy cerca de otras tres profundas cicatrices. Esas fueron hechas con un cuchillo y nada tienen que ver con las disputas entre pandillas del Mandela.

Kalero es moreno brilloso, casi barnizado, atlético y con la nariz de pico de loro. Tiene 23 años y desde que se dejó con su última mujer vive con su madre en esa cuesta de Los Deseos, frente a un casa pintada con azul intenso y antena de DirecTV y al lado de una casucha que parece derrumbarse, donde un negro, formoso como un armario, canta duranguense desde el umbral.

La pandilla que controla Los Deseos se hace llamar los 3D. Son entre 15 y 22 jóvenes, Kalero no recuerda con exactitud, que recibieron su mote después de que varios comenzaron a usar lentes para ver películas en tercera dimensión, esos que únicamente funcionan en los cines. Los 3D son culebra de Las Vegas, Los Caguameros, Los Blanquita, Los Papi Papi, pero no tienen bronca con los Pescaditos Kids, una parva de chicuelos, rateros, a decir de muchos vecinos, que también reclaman como propio un trozo del Mandela.

La situación es aparentemente sencilla: si te cruzas con un culebra lo partes con un peñón. En el Mandela, como en muchos barrios de Cartagena o de Barranquilla, las pandillas juveniles atacan a sus rivales, a sus culebras, a pedradas. Hay también armas, Kalero es prueba de ello, o cuchillos, pero las piedras son las estrellas. Vuelan y atraviesan techos y ventanas, especialmente cuando llueve. Sí, cuando llueve.

La Secretaría del Interior de Cartagena da cuenta de al menos 56 pandillas en los diferentes barrios de la ciudad. Son habituales en las notas de los medios locales, que las responsabilizan de los homicidios, la venta de drogas, extorsiones, robos y de las batallas campales bajo la lluvia. En el Mandela hay robos, los profesores de los colegios locales han sido víctimas; hay venta de droga, los homeboys de Kalero lo hacen; hay homicidios, hace cuatro meses mataron a uno de Las Vegas; y hay batallas, aunque casi nadie recuerde la última vez que llovió sobre el árido asentamiento donde malviven 45,000 personas, pero aún es posible caminar entre los sectores, comprar raspados en las esquinas y sentarse frente a las casuchas para intentar aplacar el calor.

Kalero está sentado frente a su puerta, en una suerte de terraza cercada con barrotes. Se despertó a las 11:00 de la mañana, como lo hace cada día. Comparte con su madre la cama, la única que hay en la casa, que también funciona como sala de estar donde mira películas piratas. “Quiero retirarme, pero no te dejan. Entonces haré que se olviden de mí”, dice Kalero, que hace una pausa mientras se soba la oreja, donde aún tiene cuatro perdigones bajo la carne. “Pero no creo que se olviden de mí”, continúa. El disparo, el dolor de quitarse él mismo doce perdigones del hombro, la noche eterna que pasó en el hospital y la certeza de que la próxima vez puede ser peor han hecho que Kalero quiera retirarse de los boros.

El plan que ha trazado para hacerlo pasa por asistir a las clases de soldadura que imparte un proyecto del gobierno de la ciudad junto con la Universidad de Cartagena. Ya faltó a la primera sesión, pero Kalero dice que seguramente irá a la segunda. Las clases, donde asisten chicos de media docena de boros, son en una escuela cercana a la casa de Kalero. Las coordina Will Terán, un tipo parco de 29 años que entrenaba equipos de fútbol, lo que le sirvió para conocer a muchos de los pandilleros que ahora se avientan piedras.

Terán tiene una pequeña peluquería sobre la calle principal que atraviesa el Mandela, detrás de la línea imaginaria que Kalero no puede cruzar. “La primera parte del proyecto se trató de un conversatorio y entre algunos de ellos ya no hay problema y hay algunos que caminan en todo el barrio relajados”, dice Terán, mientras define con una cuchilla desechable los surcos de un peinado. Esa especie de tregua, que inició en noviembre de 2014, ha servido para que boros como Los Pescaditos y los Caguameros ya no se ataquen, pero nada ha hecho para reconciliar a los 3D con los boros de Las Vegas. “Quienes se tienen que convencer de cambiar la forma de resolver violentamente sus diferencias son ellos, nada más que ellos mismos”, responde Terán, escéptico de que las clases de soldadura sean la solución.

Esa sensación de incertidumbre la comparte Walter Anichiarico, el director de un colegio privado situado a unas cuantas cuadras de la peluquería. La Institución Educativa El Salvador atiende a 1,021 alumnos desde preparatoria hasta bachillerato. Está situado frente a otra de las líneas y en los últimos cuatro años ha servido como graderío para numerosas batallas bajo la lluvia. El rector cree que el Estado no invierte lo suficiente para prevenir la violencia.

“Creo que el barrio todavía está en proceso de poderse rescatar. Las pandillas no son algo que impresionen mucho por acá, pero en los tiempos de lluvia siempre salen a pelear”, dice Anichiarico. “Es rescatable porque todavía los jóvenes toman la pandilla como un juego… pero eso va creciendo, se va involucrando la droga y ya cuando se daña el vínculo con los padres, que ya no respetan el hogar, entonces viene el peligro. Todavía Nelson Mandela, para mí, es rescatable”.

La lluvia aparece cada vez que alguien habla de los boros del Mandela. ¿Por qué? Las respuestas son variadas y poco concluyentes.

 — Les da curiosidad de salir a bañarse, y salen en grupo. Tienen la idea de que el otro grupo también saldrá y entonces buscan pelear. O por la adrenalina de pelear: se vuelven adictos a ese cuento, dice Terán.

— Ellos aprovechan la lluvia porque los policías se repliegan porque son de azúcar, dice Maribel Colina, una profesora de un colegio privado.

— Eso es un fenómeno que yo pensaba que los sociólogos lo sabían pero yo lo he consultado y nada, dice Anichiarico.

— La verdad es que nosotros no entendemos porqué. Nosotros decimos ¿por qué no se ponen a pelear cuando está caliente para que todos les dé algo?, dice Sonia Pérez.

— Eso es un entretenimiento porque ya cuando empieza a llover todo mundo empieza a salir a bañarse. Entonces uno se encuentra con el otro hasta que se hace el bonche, dice Luis Eduardo Flores, un boro de 21 años de Las Vegas, culebra de Kalero.

— No sé, termina Kalero.

Kalero está aburrido y decide subir al punto de encuentro. Sonia Pérez, su vecina, le sale al paso para recordarle que su madre, Ana Gabriela, trabaja como burra limpiando casas. “A veces nos da rabia porque nos decimos: ¿qué pelean, la calle? ¿pelean la herencia de la calle? No hay ningún motivo para que estén peleando”, le recrimina. Kalero la escucha divertido, muestra sus blanquísimos dientes mientras le contesta: “Al final ellos son culebras y el día que me partan yo tengo que partir alguno. No estamos peleando nada pero el día que me partan no me van a partir por la herencia de la calle. Nadie está en el corazón de nadie”.

Sonia se calla un segundo y mira al techo. Luego dice que es cierto, que nadie está en el corazón de nadie.

Kalero se pone una camisa y aparta a un perro que come los restos de una bolsa con salsa para salir de su casa. Afuera hay un calor pegajoso. Llega frente a la tienda Alejandría y se sienta en el borde de cemento que la rodea. Es lo que hace todos los días porque no trabaja. Este martes estuvo a punto de hacerlo, cuando otra de sus vecinas le pidió que llevara diez cubos de tierra a otra casa, pero Kalero le dijo que estaba ocupado. Esta sentado, inerte, mientras espera que sus homeboys lleguen. El polvo se levanta con las motos que pasan constantemente. Frente venden minutos a 99 pesos, hay dos perros desnutridos y un gato con tres patas.

Kalero se soba los brazos, justo donde tiene ese tatuaje con su nombre que le gustaría repintarse. Entonces cuenta que esas cicatrices que tiene justo arriba se las provocó su última compañera. “Es que la intenté apuñalar pero ella me lo quitó y me cortó”, dice Kalero, con una tranquilidad pasmosa. Y ríe.

Una moto se aproxima demasiado, pero Kalero ni se inmuta. El que va de pasajero le grita que vayan al parche. Es Kevin, el que controla la venta de marihuana, cocaína y pastillas de Rivotril dentro de los 3D. Kalero usualmente le compra creepy, la marihuana que en otras partes se conoce como crónic, a 2,000 pesos. Las Rivotril cuestan 1,000 más, y el perico 3,000 o 2,000, según la calidad. Pero este mediodía, Kalero dice que no irá al parche en este momento porque está dando una entrevista. Irá por la tarde.