Por Ivonne Toro

La última vez que llovió en Cartagena de Indias –una fecha no determinada de octubre de 2014-, Guido Blanco Ramírez, un hombre de 40 años, delgado y de tez oscura, tuvo la certeza de que él era capaz de matar.

Eran pasadas las 18.00 horas, estaba a pasos de su casa y la luz del sol ya casi no alumbraba las calles polvorientas del barrio Nelson Mandela, una de las zonas más pobres de la turística ciudad amurallada de Colombia.

En ese momento, Guido se encontró con un grupo de cerca de cinco adolescentes que estaban persiguiendo a otra banda encabezada por “Chupi”, el pandillero de 18 años con cara de púber del sector Las Vegas del que se presume un destino fatal y al que se atribuyen todos los males de Mandela: las peleas callejeras con piedras, palos y lo que sea; los robos del vecindario; las balas perdidas en la noche.

Guido tiene grabada la imagen de Chupi -un muchacho desgarbado de cerca de un metro y 65, de piernas flacas y huesudas, como de Quijote infantil, que nunca ha leído un libro ni se ha imaginado con 30 años-, corriendo ese día en medio del aguacero, acosado por la banda rival.

Recuerda con precisión los detalles de ese encuentro porque fue el instante en que él, Guido Blanco Ramírez, que siempre ha escapado de la violencia como quien esquiva una puñalada artera, se detuvo en medio de la batalla de rocas, miró a sus “pelaítos” asomados en la puerta esperándolo, tomó el machete que usaba para vender mango, y lanzó una amenaza que estaba dispuesto a cumplir:

-Unos pandilleros de la Sierrita venían correteando a los de acá con peñascos. Uno de ellos gritó “dale a cualquiera” y yo le dije “no, a cualquiera no, porque si veo que le van a hacer algo a un hijo mío, pues me van a tener que matar y yo también voy a matar”.

Ese día, los de la Sierrita no lo apedrearon y siguieron, concentrados, la cacería de Chupi. Guido llegó entonces, mojado, pero ileso a la casa que arrienda desde hace 15 años por 100 mil pesos (45 dólares).

Se trata de una construcción de madera con piso de tierra que tiene tres cuartos, dos puertas y un patio con un pozo negro. En una habitación, la principal, duerme con su esposa y sus tres hijos; en la más pequeña, separada por una cortina, hay un colchón que comparten dos de los cuatro hijos que tuvo su mujer antes de conocerlo; y el otro espacio es usado como cocina y comedor.

Foto: Natalia Pérez/FNPI

Foto: Natalia Pérez/FNPI

Mientras pinta una carreta de metal, Guido cuenta que arribó a Cartagena huyendo de la muerte. Que en febrero de 2000, en la misma época en que los paramilitares ejecutaron la masacre de El Salado –donde más de 100 campesinos fueron torturados y decapitados en el pueblo tabaquero de Los Montes de María, acusados de ser guerrilleros-, un grupo de “paracos” llegaron también a su tierra, Mampuján.

-Le “mocharon” la cabeza a 12 personas, vecinos de uno, y las pusieron colgando con alambres en el camino real. Todos los que pudimos salimos corriendo de noche por los arroyos.

El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de Colombia estableció que desde 1958 a 2012 ha habido en el país 220 mil muertes asociadas al conflicto armado. Es como si se disputaran tres partidos a estadio lleno en el Maracaná en Brasil, el Camp Nou en Barcelona y el Nemesio Camacho El Campín de Bogotá y todos los asistentes fueran asesinados. Del conflicto entre la guerrilla, de inspiración marxista; el ejército y los paramilitares, son estos últimos quienes han cometido la mayoría de los crímenes.

Cuando Guido llegó a Cartagena huyendo de la bestialidad de los “paracos”, con sus nueve hermanos y su mama, se instaló, al igual que muchos otros desplazados por la violencia, en un paño de 56 hectáreas ubicado en el suroccidente de la perla colombiana que seis años antes, en diciembre de 1994, había sido ocupado de manera ilegal: el Barrio Nelson Mandela.

El territorio, donde habitan 45 mil personas, está dividido en 24 sectores en el que conviven excombatientes, paramilitares y campesinos que se desempeñan en oficios básicos –albañilería, limpieza de casas, venta de fritos o frutas- casi siempre inestables y mal pagados. Guido, por ejemplo, es vendedor itinerante y si se enferma, como pasó hace un tiempo, no recibe ingresos y entonces no come. Literalmente.

Hasta hace cinco años, relatan distintos vecinos, había en Mandela una especie de paz armada: un grupo de sicarios administraba la justicia a su antojo y asesinaba a los muchachos conflictivos.

Luego la policía instaló un Comando de Atención Inmediata, los “justicieros” fueron encarcelados en 2010 –el diario Universal cifró en mayo de ese año en 29 los criminales de este tipo detenidos en todo el Departamento de Bolívar- y proliferaron las pandillas.

Chupi tenía en esa época 13 años -aún aparenta esa edad, aunque ya es legalmente un adulto- y se convirtió en uno de los símbolos de los “malandras” del sector Las Vegas, donde vive Guido.

Chupi se llama en realidad José Luis Rodríguez, como el cantante popular venezolano, pero muy pocos le dicen así. El apodo por el que es conocido y juzgado se debe a un dulce que consumía con fervor cuando era un niño. Tiene tres hermanos mayores. Su papá, albañil, no tiene trabajo fijo y su mamá, Ana María, empleada doméstica, es quien gana dinero y mantiene la casa. La mujer sale todos los días muy temprano y sólo retorna en la noche.

En febrero de 2015, como en el resto del año, Chupi pasa las horas sentado afuera de su casa, deambulando o viendo televisión. No estudia ni trabaja. Luce dos aros plásticos -el símbolo de su banda- uno en cada oreja. Son de un color rosado fosforescente. Tiene además 16 pulseras de colores, algunas son regalos de exnovias; otras, las ha comprado.

No ha terminado el colegio ni tiene talento para el fútbol, aunque ocupa el puesto de volante en partidos que se arman en las tardes en su barrio, en cualquier rincón que sirva como “campo”, cuando el calor inclemente de Cartagena da alguna tregua. Cuando Chupi juega no usa zapatillas, sino unas chalas plásticas y luce una camisa del Barcelona o el torso desnudo.

Desde el año pasado, Chupi ostenta la cicatriz de una bala que lo atravesó. El proyectil entró a la altura de la cadera derecha por su espalda y salió por su abdomen.

En las calles de Mandela, se comenta que Chupi está marcado por un mal augurio: su tiempo se está acabando.

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A principios de febrero, un boletín llegó al barrio Nelson Mandela.

“SABEMOS QUE SON UNOS GUERRILLEROS ESCONDIDOS COMO DESPLAZADOS HIJOEPUTAS MALPARIDOS SAPOS MUERTES Y ESTERMINIO A USTEDES”, dice un texto que combina odio y faltas ortográficas.

En el papel, tres nombres aparecen sindicados como “objetivo militar”. Chupi no está en la lista, aunque eso no es una garantía para él: cuando entra la “limpieza” al barrio, se asesinan a los de la nómina y a delincuentes comunes. Es una regla no escrita.

La advertencia que circula en estos días está firmada por “Las Águilas Negras”.

Se trata de grupo escindido de las sanguinarias Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que está activo en al menos 20 de los 32 departamentos del país y que comenzó a operar luego de la polémica amnistía de 2005 concedida a estos escuadrones de la muerte.

El perdonazo a los paramilitares que desde la década de los 80 han sembrado Colombia de cadáveres fue promovida, a cambio de su desmovilización, por el exPresidente Álvaro Uribe.

Un exsoldado que reside en Mandela y que pide ser identificado como “Fernando” cree que la política de Uribe se debe a que él es el “más paraco de todos los paracos”.

De paracos y sangre, Fernando sabe demasiado. Vive, al igual que Guido y Chupi, en el área de Las Vegas. Su hogar, de concreto y con un solar a la sombra de un mango, está a unos 15 metros de la casa del niño pandillero, a quien conoce desde que éste era un “pelaíto”, lo que no significa que le tenga compasión.

Foto: Natala Pérez/FNPI

Foto: Natala Pérez/FNPI

Según Fernando, que ingresó como voluntario al Ejército en 1992 y estuvo activo hasta 1997, “en Colombia no existe el bueno de la película, aquí ya estamos todos llevados” y en esa convicción justifica su esperanza de que la limpieza” de “Las Águilas Negras” vuelva a funcionar en el barrio, la última incursión fue en el año 2012, y Chupi, a quien vio crecer, sea ajusticiado.

-La gente está deseando que se metan a matar hijoeputas. (Chupi) Es uno de los rateros más rateros. Roba lo que sea pal vicio, anda con otros 15 macuecas, hacen chopos, armas hechizas, pelean con machete y a peñones porque pa revolver no tienen. Ese pelao es desechable, el día menos pensado van a venir a matarlo.

Fue en el Ejército que Fernando aprendió que el valor de la vida puede ser relativo, que personas como Chupi son, en sus palabras, “desechables”.

Su primera batalla con la guerrilla fue el 22 de febrero de 1993, en el departamento de Magdalena: hubo tres guerrilleros y dos soldados muertos. Hasta que se retiró, en el 97 estuvo involucrado en la muerte de cerca de 70 combatientes y perdió a 12 amigos.

La campaña más exitosa de su carrera, recuerda, fue en el Cesar entre el ’94 y el ’95, cuando un teniente le hizo ganar a su batallón la bandera de guerra por ser el escuadrón que asesinó a más miembros de las Farc: 18.

Hubo, por supuesto, ayuda de los paramilitares -los mismos que se encargarían de la “limpieza” de pandilleros en Mandela- para alcanzar esa cifra.

-El ejército y los paramilitares éramos la misma vaina. Nosotros patrullábamos con ellos. Ellos hacían el trabajo sucio y nosotros el trabajo limpio, hacían lo que nosotros no podíamos hacer. Por ejemplo, yo sé que usted es guerrillera, pero no tiene armamento, no tiene nada, yo no puedo matarla. En cambio ellos sí la matan, le avisaban a uno, uno le ponía un fusil, le tomaba una foto y la legalizaba.

En el periodo en que Fernando fue soldado, hubo dos gobiernos: el de César Gaviria y el de Ernesto Samper. En ambos el ejército operó con incentivos macabros.

– A uno le pagaban por el guerrillero que daba de baja $100 mil y le daban 15 o 10 días de permiso. También estaba el Plan Brisa: cuando uno tenía el combate con la guerrilla y mataba a dos o más guerrilleros nos mandaba a Santa Marta (costa colombiana) a pasear con todo pagado.

Las prácticas eran el preludio de la política de Uribe que derivó en la fabricación de guerrilleros muertos: recompensas secretas a soldados por combatientes asesinados que se tradujo en el secuestro y el crimen de inocentes, muchos de ellos adolescentes pandilleros como Chupi: niños cuya muerte es tan predecible que cuando se cumple el presagio nadie se asombra.

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En el Barrio Mandela hay un límite territorial y traspasarlo, para algunos, es jugar a la ruleta rusa. Lo llaman el “turno” y es una parada de mototaxis emplazada al lado de la escuela Jesús Maestro.

Si un chico de otro sector atraviesa el “turno”, entonces se inicia una confrontación, simplemente, explica un amigo de Chupi, “para no aburrirse tanto”.

Las peleas pueden ser inocuas o fatales. A fines de diciembre, un adolescente de una pandilla rival a la de Chupi atravesó el “turno” para acudir a la fiesta de graduación de una amiga en Las Vegas. Fue acribillado. Si Chupi sale de Las Vegas y cruza el “turno”, lo más probable es que tenga la misma suerte.

La custodia de un territorio donde no hay petróleo ni flores, se asume como normal en Mandela, un barrio que, afirman sus habitantes, es muy tranquilo de día: a cualquier hora se escucha “champeta”, un ritmo urbano con raíces africanas y la gente, que recién hace unos meses tuvo alcantarillado, se pasea contenta entre casas multicolores, como si la alegría no tuviera exigencias mínimas para existir.

Es de noche cuando aparecen las pandillas, se producen los atracos y entonces Fernando ruega que la “limpieza” se haga cargo de Chupi.

-Antes, cuando estaban los sicarios, la ley era que el que se metía a pandillero lo mataban. La gente vivía bien sabroso, aquí no se perdía nada- recalca.

Chupi sabe que está vivo de milagro y que varios quieren que esa realidad cambie.

El balazo en su espalda lo recibió en mayo de 2014 y en noviembre, un mes después de la gran lluvia, un motociclista disparó a su casa: el proyectil dejó un orificio pequeño en la puerta de lata.

En el barrio el “atentado” es comentado con detalles, pero Chupi asegura que no tuvo ninguna importancia.

-Yo estaba durmiendo y seguí durmiendo. Pa qué me iba a levantar, si me quieren encontrar, me van a encontrar-, afirma, y sonríe.

Tiene en el rostro algunas marcas de acné y es lampiño. Sus dientes son pequeños y blancos. Tiene una sonrisa inmensa, como la de Celia Cruz. Habla siempre mirando a los ojos, rápido y casi sin modular y es altivo, aunque su cuerpo de niño –flaco, enjunto- no inspira temor.

-¿Es cierto que te quieren matar?, le pregunto en una esquina donde está sentado y descalzo.

Traga saliva.

-Sí-, responde.

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Recibir un disparo, dice Chupi, es como que una avispa clave un aguijón: duele cuando entra “el plomo”, pero después ya no, en su caso al menos. El suyo lo recibió la madrugada del 2 de mayo de 2014.

– Ese tiro no era pa mí, fue mala suerte. Era una corredera. Nos juntamos con unos amigos que habían robado, y nos atacaron- explica.

Dos meses después, su mejor amigo, Juan Carlos Carmona, el “Carpeta”, de 20 años, fue asesinado y en la misma ocasión un hermano mayor de Chupi, Jesús Aníbal, fue herido en una mano. Yuris, la mamá del “Carpeta”, sabía que el final de su hijo estaba escrito desde su infancia.

– Hay pelaos que se crían más desobedientes y respetan menos. El hijo mío y el Chupi eran los más calientes. Se perdió algo: fueron el Carpeta y el Chupi. Siempre eran los dos, aunque no fueran-, comenta la mujer.

El mote de delincuente persigue a José Luis, el Chupi. Diez vecinos del sector Las Vegas afirman que roba, aunque ninguno de ellos lo ha visto hacerlo o ha sido su víctima. Él niega ser un ladrón.

-No joda, yo no robo, nunca ha venido nadie a decirle acá a mi papá que yo robé. Sé que la gente habla, pero no es verdad. Lo mismo decían del “Carpeta”, que andaba robando por ahí conmigo y no le robábamos a nadie.

El muchacho arrastra como puede su mala fama y es, sostienen todos, un prisionero en Las Vegas: sale algunos fines de semana a bailar a Castroman, una discoteca emplazada en San Pedro Mártir, a media hora de Mandela; o va de paseo a un tranque cercano, pero siempre rodeado de amigos porque si pasea solo fuera del sector, lo matan; si no, también, pero tiene más posibilidades de zafar.

Él alega que los rumores sobre su situación son falsos y que puede transitar libremente por todo el barrio Nelson Mandela. Para demostrarlo, recorre un par de cuadras de tierra donde hombres sin camisa ni trabajo fijo ven televisión, perros flacos se pasean jadeantes sin ladrar y niños, muchos niños, juegan con tierra o lo que sea.

Chupi camina por algunos pasajes, pero rechaza ir hasta la frontera del “turno” y tampoco acepta trasladarse hasta el centro de la ciudad.

Asegura que hace tres años vendió fruta dentro de las murallas y que “esa vaina es distinta, es otro ambiente, hay harta papaya (dinero)”.

Dejó el trabajo porque lo resfrió la brisa marina.

Su vida esta lejos del mar, a una hora de la Cartagena turística. Chupi sólo ha salido una vez de su ciudad: a los doce años fue con su familia a Sincelejo en Sucre. Nunca más ha tenido vacaciones fuera de su barrio, nunca se ha imaginado cómo es el otoño -en Colombia no existen las estaciones- y nunca ha planeado abandonar Mandela.

En las calles por las que puede andar semi seguro, algo así como tres canchas profesionales de fútbol, Chupi se mueve con soltura, bromea con amigos, advierte que algunos de ellos “son rateros”. Lo tratan con respeto en su mini reino.

En un momento, ya en su casa, sentado frente al televisor, sin titubear ni exaltarse, se confiesa.

-Sé lo que dicen de mí y que sea lo que Dios quiera.

-¿Y tú que quieres, Chupi?

-Yo quiero vivir un poco más todavía.