La cultura de la pelea de gallos en la costa de Colombia se extiende por todas las capas sociales. ¿Puede un gallero, hijo de gallero, no tolerar las corridas de toros ni las peleas de perros por el derrame de sangre?


Por Elsa Cabria

El ojos de uva ignora al chino patas de sebo. Debería desear morderlo hasta matarlo, lo tiene a 30 centímetros, parece fácil, aunque cada uno está atado con una cuerda al suelo de tierra. Pero no le presta atención. Esto no es la calle, donde si uno empezara a cantar, el otro le buscaría para asesinarlo. Ni tampoco es el ruedo, donde su propietario se va a jugar sus vidas por dinero. Nunca pelearán juntos, porque tienen el mismo dueño, no pesan lo mismo y tampoco son de la misma raza. Pero están en el patio techado que antecede al ruedo de la gallera grande del barrio Nelson Mandela. Si no son bravos, están físicamente en la antesala de su muerte, que llegará dentro de dos domingos, el día de la riña definitiva.

Ni los que saben de gallos en el barrio saben cuántas razas hay. El ojos de uva es un gallo raro por sus verdes patas y su negra pupila de mirada extraviada. El chino es un tipo más común, pero éste, el patas de sebo, es particular porque tiene las patas blancas y no amarillas. Luego está el pinto, el giro, el blanco, el negro, el chino. Hay más, pero esos no están en esta gallera de barrio.

Don Lucho, Lucho Carne, Lucho Hueso, Lucho Chibolo, debería estar vendiendo carne como hace cada día de 8:30 a 11:30 de la mañana. Pero este miércoles se despertó con la sensación de que tenía gripe, así que no trabajó pero tampoco se quedó en casa; se fue a la gallera a entrenar. Porque a don Lucho, Luis Carlos Jiménez, nunca se le va a caer la casa encima. Si le preguntas a su esposa dónde está, doña Rosa, una mujer Botero madre de cinco hijos y amante del carnaval, dirá con una resignada carcajada que Lucho está con su familia de verdad: los gallos.

El culto a la pelea de gallos está muy extendido en toda la costa del Caribe colombiano. La cría, las apuestas y la contratación de un entrenador constituyen una práctica  en el país cuyo porqué don Lucho desconoce. Pero aquí la tradición del club gallístico o gallera, a diferencia de en España y al igual que en México, es legal.

El cinco de febrero, la Corte prohibió que los ayuntamientos prohíban las corridas de toros en los pueblos donde es tradicional, porque considera que es una expresión artística. La decisión viene a ratificar la reapertura de la plaza Santamaría, en Bogotá, que lleva dos años cerrada por decisión del alcalde.

Foto: Natalia Perez/FNPI

Foto: Natalia Perez/FNPI

Sólo una vez las peleas de gallos estuvieron a punto de ser ilegales en Colombia. Hace cinco años, un grupo de ambientalistas presentó una demanda ante la Corte de Constitucionalidad contra el artículo de la ley de Protección Animal que  sostiene que las corridas de toros, el rejoneo, las corralejas (corridas donde los toreros son espontáneos), el coleo (similar al rodeo) y las riñas de gallos no implican crueldad animal. En agosto de 2010, la Corte rechazó la petición, aunque sugirió que son costumbres en las que se debería de eliminar el maltrato.

A Don Lucho la pelea le parece natural. Dice que es instinto de gallo. Y lo dice durante el único rato en el día que se queda en casa, a la hora de comer, que a veces incluye veinte minutos de siesta. “Los gallos se buscan por los tonos [de voz] en la calle, apenas cantan, empiezan a buscarse”.

Estamos sentados al mediodía en sillas de plástico en la entrada de su casa, con su mujer y la menor de sus cinco hijos, en el 18 de enero, uno de los 24 sectores oficiales del barrio Nelson Mandela. El barrio es una de las principales invasiones de Cartagena de Indias, donde hoy viven más de 45,000 personas y tiene un sistema de alcantarillado, pagado por el gobierno español, que no ha cumplido un año. A este terreno de 176 kilómetros cuadrados, a una hora en carro de la turística zona amurallada de Cartagena, empezaron a huir miles de desplazados del conflicto armado interno colombiano en diciembre de 1994. Para llegar desde el centro, hay que tomar la carretera que lleva al puerto y seguir un tramo junto a Mamonal, la principal zona industrial de la ciudad, hasta tomar uno de los tres accesos de tierra que dan a un barrio que pasó en veinte años de casas de madera y chapa a humildes viviendas de bloc.

Lucho no es desplazado. Se fue de Chibolo, en Magdalena, a Cartagena  hace 24 años para trabajar en la empresa de su hermana. Pero dice que no le gusta que le manden y tras cinco años, ocupó con su esposa y sus dos primeros hijos  este lote de tierra por 50,000 pesos. Y fue pragmático a la hora de elegir profesión: “¿Qué se hacer?”, dice que se preguntó. “Matar venado y entrenar gallos”. Como su padre. Era 1996. Los tres hijos menores nacieron en esta casa que su suegro construyó y en la que ahora su hijo mayor está levantando los cimientos de un segundo nivel para habitarlo.

Don Lucho ha dejado su plato de carne, yuca, queso costeño y patacones a medias. Se siente mejor, pero no del todo, no quiere más. Cree que su dolor de garganta es culpa de la permanente polvareda que se levanta en Mandela, un barrio sin asfaltar. Se recuesta en la silla en la que hoy no echa siesta y cuenta que hace un mes, en una corraleja en Turbaco, un pueblito que colinda con Mandela, el torero metió una cuchillada al toro y luego los espectadores saltaron para matarlo a pisotones. A don Lucho las corralejas le parecen mal.

-Habría que prohibirlas. A los toros y a los caballos los obligan, los entrenan para la muerte. También he visto en Youtube vídeos de peleas de perros, pero es muy sangriento.

-Pero usted entrena gallos para que se maten.

-Es diferente, pelear está en su sangre.

Mira el reloj. Constantemente. Durante el rato que está en casa. A nadie en su familia le interesan los gallos. Tampoco les importan a sus nueve nietos. Carlos de ocho años le ayuda cuando no va a la escuela, pero quiere ser futbolista. Todos ponen el mismo gesto para decir que no: como si olieran mierda. Son las 14:20. Nos vamos.  Lucho no volverá hasta tres horas después, después de haberles dado de comer. Como cada día desde que la gallera abrió hace 16 años.

Hoy es un día raro porque sólo entrena martes y viernes. Y es miércoles. Pero los síntomas de gripe le llevan a las 8:30 de la mañana a la gallera grande de Mandela, a dos minutos andando desde su casa, sobre La Batea, la avenida principal de la zona, que será la primera calle pavimentada del barrio en abril. Este club gallístico tiene una única cosa en común con la gallera España, la principal de Cartagena: ambas tienen un rodeo. La fachada de la entrada azul añil y el rodeo rojo y azul están descoloridos. Sólo la zona techada tiene nuevas columnas de madera y un nuevo techo de lámina. “Los dueños viven en Santa Marta, no les conozco”, dice este tímido hombre de 55 años, piel desagradecida y nariz generosa.  “Hace años, se vendían 50 cajas de cerveza”, dice señalando las 8 cajas que se vendieron el último domingo.

Es común que la gente compre un gallo para apostarlo, pero pocos saben prepararlos para la pelea. Para eso, en Mandela, está Lucho. Un gallo cuesta, como mínimo, 50,000 pesos colombianos. El dueño se lo lleva al entrenador y le paga el grano que va a comer durante las próximas ocho semanas, que es el tiempo normal de preparación. Lucho no ve un peso hasta el día de la pelea. El 20% de la apuesta. Los galleros tienen alma de peluqueros: cortan la cresta de los gallos con un tijeretazo personal. Un gallero no corta igual que otro, pero el matiz es complicado de ver para un espectador primerizo.

El entrenamiento de un gallo recuerda constantemente al boxeo. Lucho coloca los guantes a los animales donde van las espuelas durante la riña real. Una espuela de carey en Mandela mide unas 40 líneas (40 centimetros) mientras que en México, en lugar de la espuela, les ponen cuchillas. Algunos les ponen espuelas de plástico, que hacen más daño. “Hay mucha trampa en el gallo”. Con los guantes puestos, pone a dos gallos en una cuerda e instintivamente comienzan a balancearse. El balanceo, que tiene el mismo efecto que hacer flexiones en el ser humano, dura 20 minutos. En una mañana de 36 grados de temperatura, seis gallos pasan por la cuerda. Cuesta escuchar a Lucho Carne. El cantar de 21 gallos es ensordecedor.

El último turno es el de un pinto y un giro. Los agarra del pescuezo y los lleva al el centro del ruedo. Se miran fijamente durante un nanosegundo y empiezan a saltar empujándose con el pecho y batiendo histéricamente las plumas. Don Lucho agarra a cada gallo como si él fuera un torero y el animal, su capote. Don Lucho torea con un gallo a otro gallo para que les crezcan las ganas de matarse. La pelea de gallos es un baile en el que los bailarines son tan agresivos que no pueden parar de rechazarse.

Foto: Natala Pérez/FNPI

Foto: Natala Pérez/FNPI

Hay muchas razas, pero solo dos tipos: fino y criollo. El fino es el que recibe un picotazo, se enoja y busca desesperadamente la muerte del contrario. El criollo es el cobarde, al que le muerden y se echa para atrás.

“El pintico es mejor”, dice Edwin Fernández, dueño de la casa de atrás de la gallera, mientras trepa y se encarama a la estructura del ruedo. Tiene la misma mirada concentrada que don Lucho, ahora mismo, su foco de atención tiene plumas. “Corre más, batea más duro, es más fino”, me explica el vecino.

Después del entrenamiento en el ruedo, que dura 10 minutos, Lucho los lava con agua y los frota con limón para limpiarlos y que escupan la flema que se les queda por el ejercicio. Los deja un rato atados a la cuerda en el suelo y los devuelve a su huacal.

La cultura gallística en la costa caribeña de Colombia permea sin importar la clase social, pero el clasismo resiste en la billetera: “Si tú tienes plata, tu gallo vale más en la riña”, dice Lucho Chibolo. En Cartagena hay una veintena de galleras, y en la histórica La Española, que tras ser vendida el año pasado reabre ahora como Coliseo Santamaría, las apuestas iban desde el millón hasta los 50 millones de pesos.

Hay gente que hace una pregunta, responde y luego cede su turno a la persona con la que conversa. Santiago Casiani, vecino de Lucho Gallo, habla como si le fueran a cortar la lengua: “¿Quién es mejor: el gallero o el gallo? Si el gallero es salao, puede tener el gallo que sea y pierde”. Casiani tiene gallos y un lavadero de coches que llamó ‘Flow’. Cuando le puso ese nombre, no sabía que significaba, ahora este ex boxeador está orgulloso de tener un negocio con flow, ritmo, onda, en la calle principal de Mandela. Es él el que me lleva la gallera, el que hace la pregunta durante la hora de la comida. Es el turno del parco don Lucho: “Esto es suerte”.

En la gallera grande de Mandela, una desvencijada gallera de barrio, la gente  suele apostar recopilando dinero de amigos hasta alcanzar un mínimo de 300.000 y un máximo de 750.000 pesos. La fama de zona peligrosa hace que, como mucho, los vecinos de barrios aledaños se acerquen. Las peleas en la gallera grande duran 15 minutos. Si uno de los gallos, herido, se queda tirado en el suelo, el juez saca el reloj de arena. Tiene un minuto para levantarse, de lo contrario, pierde.

Frente al ritmo controlado del entrenamiento, la pelea es histérica, como si los gallos tuvieran un tic nervioso que les obliga a picar al adversario como si estuvieran completamente trastornados. En Mandela, las peleas son los domingos, a partir de las cinco de la tarde. En una noche puede haber hasta 30 riñas. Después, en la parte techada, el que gana invita al que pierde a beber, sin reclamos. “La palabra de gallero es sagrada, cuando hay gallero, no hay pelea”, responde el entrenador que ahora tiene un gallo en propiedad. La fiesta generalmente ve el amanecer.

La gallera grande se llama así porque hay otra en el barrio. Se llama Mocoreo. Es aún más pequeña y los gallos que compiten son medio malos, por lo que las apuestas son todavía más bajas. Va muy poca gente. Mocoreo significa que el gallo pesa poco, pero esa palabra solo parece que la usan en Mandela.

A las 11 de la mañana, mientras Lucho observa a dos gallos en la cuerda, un desconocido, viejo, flaco y larguirucho entra en la gallera grande y se le acerca. “Alguien quiere saber cuánto cuesta la gallera”, le dice. “No sé, dicen que 70 millones”, responde. El tipo se va. Yo pregunto: ¿Cómo que dicen?, Tendrá un precio, ¿no?”. Lucho dice que no sabe, pero su vecino Edwin menciona algo de un pastor evangélico que compró cerca de Mandela varios terrenos para construir iglesias. “Sí, él ofreció los 70 millones”, dice ahora Lucho, al que no le gustan tanto los evangélicos porque hacen mucha bulla en sus iglesias: “Cuando uno le reza a Dios, uno le reza callaito”.

El entrenador, que tiene 14 hermanos, que cinco de ellos viven en Mandela, y que  los sábados vende cerdo y es juez segundo en la gallera 20 de noviembre de Cartagena, administró la gallera grande de su barrio durante tres meses hace más de tres años. Pero su mujer le prohibió seguir.

Dos arrendadores de la gallera grande de Mandela han muerto en los 16 que lleva abierta. El primero fue asesinado y el caso se cerró sin que la policía aclarase quién fue el asesino. El segundo era alcohólico y ni su hígado ni sus pulmones le aguantaron el ritmo. Se llamaba Jorge, era de Sucre. No recuerda su apellido, pero sí su lugar de nacimiento. Venía en la defunción, dice.

“Esa gallera está empavada, está salada”. Esa fue la explicación que le dio Doña Rosa a su marido para que no alquilara la gallera. Dos muertos, según su mujer, significan que ese lugar trae muy mala suerte. Después del velorio de Jorge, que fue enterrado en la gallera grande porque no tenía familia, a Lucho le daba miedo ir a entrenar. Le duró meses. Me mira asustado. Pero por qué. El hombre que ve cada semana cómo más de 100 gallos son salvajemente asesinados por otros gallos, aún tiene  miedo de que se le aparezca un fantasma.