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Violencia, pobreza, ausencia y amor. ¿Cuántos conflictos puede tener una líder?

Por Rodrigo Pedroso

Gladys Montes esta sentada en la vereda, contando como su nuevo enamorado la hace sentir amada por primera vez, cuando pasa el camión de la policía antimotines de Cartagena. Se queda callada, mira por algunos segundos al vehículo que huye de su vista y dice, mientras la polvareda sube y alcanza el techo de una choza frente a ella: “Fueron esos los que me dejaron esta marca”. Abre entonces los botones de su camisa verde y blanca, que contrasta con su piel negra, y muestra una cicatriz en el lado derecho de la barriga. Le dieron un tiro durante una protesta que encabezó meses atrás.

La líder comunitaria del sector sur del barrio Nelson Mandela, en Cartagena, últimamente vive dividida entre la levedad que siente por estar enamorándose y las frustraciones que su posición le trae. El primer recuerdo hace que sus ojos brillen y que la sonrisa asome fácilmente; la segunda le frunce el ceño y deja hace su tono de voz se agrave.

La relación de Gladys con los cerca de 45.000 habitantes del lugar más pobre de la ciudad comenzó mucho antes del día en que conoció a Edgar Monterrey, en agosto del año pasado. Nacida en un pequeño poblado de pescadores y agricultores en la costa caribe colombiana, cerca de San Bernardo del Viento, pasó su infancia y adolescencia trabajando en el campo. Cuando era joven, comenzó a acompañar al líder comunitario Dago Escarpeta, con quien recorría las casas de los pueblos de la región para conocer cuáles eran las exigencias y reclamos de los vecinos, para presionar a las autoridades y conseguir mejoras. En una visita de rutina al municipio de San Bernardo, Escarpeta fue asesinado en plena calle por los paramilitares, a plena luz del día. A Gladys le advirtieron que sería la próxima y huyó. Se fue para donde le dijeron que podría vivir más tranquila en una época en la que la guerra civil colombiana ya había creado un sistema paralelo de poder. El Estado tenía dificultades para reducir el tamaño de los grupos guerrilleros, principalmente el de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), y hacía de la vista gorda frente a las violaciones que los paracos practicaban en las regiones con mayor afectadas por el conflicto. Eran comunes los asesinatos, las extorsiones y los robos de casas y de tierras. Estos grupos armados no oficiales se encargaban de impedir el avance de las guerrillas.

Tras huir con la ropa que tenía en el cuerpo y media docena de pertenencias, llegó a un terreno baldío y pantanoso en los alrededores de Cartagena, en 1994. Allí fue testigo de la llegada paulatina de gente de distintos lugares del país en situación similar: eran también refugiados de una guerra civil que en cinco décadas mató a cerca de 220 mil personas y obligó a otros 3 millones a dejar sus hogares. Sin conocer otras regiones, como las montañas o la selva, Gladys cree que el lugar donde vive es un microcosmos de Colombia.

Desde el inicio ella tuvo relación con los líderes comunitarios del barrio. Presenció la llegada de paramilitares al barrio, que se intensificó entre los años 2003 y 2006, cuando el gobierno del presidente Álvaro Uribe (2001-2010) amnistió a algunos autores de varios crímenes de guerra. En aquella época, grupos como Los Paisas y Los Urabeños se fortalecieron en el Nelson Mandela. Después de que se debilitaran peleando entre sí, el poder pasó a manos de los caciques locales, como uno, que tenía nombre de personaje de dibujos animados de Disney, y otro, de nombre inspirado por un jugador francés de fútbol. Actualmente, pandillas locales de muchachitos que no aún no cumplen la mayoría de edad son las piezas más fuertes de la partida de ajedrez que es la disputa por el control de los 24 sectores de la comunidad, que significa controlar todo, desde el microtráfico de drogas, pasando por la vacuna (extorsión del 10% del lucro de los comerciantes) hasta llegar a la oferta de servicios. En dos décadas, Gladys Montes también vio como asesinaban a seis líderes comunitarios en el barrio. Sufrió amenazas y tuvo que huir, otra vez, en 2007. Volvió tres meses después, cuando sintió que la situación estaba menos tensa, pero hoy siente más desdén por el gobierno que por los paramilitares, pandilleros y traficantes. “Prometen un dinero que nunca llega porque es desviado a mitad de camino. Esos grupos se forman y se alimentan de la pobreza”.

Fue candidata a concejal en las últimas elecciones y atribuye su derrota a la falta de apoyo. Bromeando, imagina cómo sería el país si ella fuese presidenta. Ve en la corrupción uno de los grandes males de Colombia. Cree que la violencia va a continuar mientras no haya empleo o escuela para todos los jóvenes del Nelson Mandela. Habla despacio cuando se refiere a su infancia. Se golpea el muslo con la palma de la mano y después la posa en la cabeza al explicar cómo los jóvenes no respetan a los más viejos.

Gladys tiene dos hijas, un hijo, un nieto, cincuenta años y un ex marido con quien estuvo 16 años y quien es el padre de sus hijos. Dice que hoy se llevan bien y que son vecinos de calle. Su padre está vivo, pero ella tiene un cariño mayor por su padrastro, quien la crió de forma más cariñosa y murió hace dos años. Su madre vive en otra ciudad y tiene fuertes dolores en las piernas, lo que impide que se vean con mucha frecuencia. Sobrevive gracias a un barcito que construyó en la pared lateral de su casa y con una pescadería del otro lado de la calle, que administra con otras cuatro personas; se queja de la falta de compromiso de algunos de los socios. Su sueño es convertirse algún día en asistente social, pero hoy no tiene cómo pagar la universidad. El cargo de líder comunitaria no le da dinero.

En la calle, las personas la detienen para pedirle algo, contar chismes, chistes o algo malo que ocurrió con algún conocido. Le piden también intervenir, hablar con el otro lado involucrado cuando hay peleas y comprometerse. Va a una escuela primaria para ver si el terreno de atrás puede convertirse en una plantación de plátanos, mangos y cebolla colorada: instruye al celador. Reclama a algunos padres que no dejen a los hijos sueltos en la calle. No piensa en mudarse, pues cree que las desgracias que ve en Nelson Mandela se repiten en otros lugares con condiciones similares. Su mayor deseo en este momento es tener dinero para construir un cuarto sobre su casa.

Fue en su casa, construida con concreto y pedazos de madera, con los laterales sin pintar y la fachada teñida con una mano de verde ya opaca, con un baño dentro y un canal de aguas residuales a cielo abierto corriendo a lo largo del otro lado de la calle, donde conoció a Edgar. No se notaron desde el principio. Él trabajaba en las obras del primer sistema de canalización en el barrio Nelson Mandela, construido en parte con dinero donado por el gobierno de España. Cuando concluyó la primera etapa f, los trabajadores comenzaron a usar su baño. El coqueteo de otros colegas con ella incomodó a Edgar, quien reparó cada vez más en el asedio a quien se convertiría en su enamorada. Tomó coraje y decidió contarle que no le gustaba cuando la importunaban. Al principio ella se negó. Hacía 13 años que se había separado de su marido y desde entonces no se había involucrado con nadie.

La pareja no da mayores detalles sobre su aproximación, pero cuando se les pregunta sobre lo que sienten él uno por el otro se miran, bajan la cabeza y ríen sacudiendo los hombros. El hecho de que él sea diez años menor que ella no incomoda a Gladys, así como enamorarse no pasaba por su cabeza hasta agosto del año pasado. Su matrimonio terminó por peleas en las que los celos eran protagonistas. “Es la primera vez en que puedo ser quien soy, hacer lo que quiero”. Edgar también se casó una vez, pero no le gusta hablar del asunto.

Un atardecer, Gladys cierra la pescadería más temprano que de costumbre para ir al velorio de Eduardo Salas, quien había sufrido un ataque cardiaco dos días antes mientras jugaba dominó en el bar de la líder comunitaria. Acude, saluda a los familiares, mira el ataúd y ve que Eduardo, de 56 años, es velado con la boina de reggae que le gustaba usar. Se acuerda con cariño de como lo reprendía por irresponsable y que, cuando eso ocurría, él se quedaba más resentido que enojado. No sabe decir a cuántos entierros ha ido en los últimos años, pero toma aliento y mira al cielo cuando murmura que siempre habrá velorios a los que ir.

Media hora antes de sepultarlo, una hermana de Eduardo busca a Gladys. Se aproxima afligida y le dice que los amigos de él que están llegando no son bienvenidos. Ella se para, mira a su izquierda y ve cerca de 20 hombres pasando el portón del cementerio: pretenden hacer un ritual en el cual los amigos traen las cosas que más gustaban al finado; Eduardo fumaba marihuana. Se establece un conflicto más. Gladys conversa con los muchachos, que no dan repuesta definitiva sobre cómo se van a comportar. El ataúd desciende a la sepultura bajo nubes de humo y pedazos de marihuana son lanzados en la fosa mientras los familiares de Eduardo insultan a los jóvenes y piden respeto. Gladys Montes se aparta, sale del cementerio y toma un bus. Vuelve para casa y ve a Edgar del otro lado de la calle. Sonríe, atraviesa el piso de tierra batida y lo besa.

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Violencia, pobreza, ausencia y amor. ¿Cuántos conflictos puede tener una líder?

Rodrigo Pedroso

Gladys Montes estava sentada na calçada contando sobre como seu recém namorado a faz sentir que ama pela primeira vez quando passou o caminhão da tropa de choque cartageneira. Ficou calada, olhou por alguns segundos o veículo fugindo de sua vista e disse, enquanto a poeira da rua subia e alcançava o teto de um barraco em frente: “Foram esses que me deixaram esta marca.” Abriu então os botões da camisa verde e branca, que contrastava com sua pele negra, e mostrou uma cicatriz no lado direito da barriga. Haviam lhe acertado um tiro durante um protesto que comandara meses atrás.

A líder comunitária do setor sul da favela colombiana Nelson Mandela, em Cartagena, ultimamente vive dividida entre a leveza que se sente quando se está apaixonado e as frustrações que sua posição lhe traz. A primeira lembrança faz seus olhos brilharem e o sorriso se abrir facilmente; a segunda lhe franze a testa e deixa seu tom de voz mais grave. No entanto, diz mais de uma vez que viver apenas para si é uma maneira de morrer em vida.

A relação de Gladys com os cerca de 45 mil habitantes do lugar mais pobre da cidade começou muito antes do dia em que conheceu Edgar Monterrey, em agosto do ano passado, e teve a ver com sua vida pregressa. Nascida em um pequeno povoado de pescadores e agricultores na costa caribenha colombiana, sob a jurisdição da cidade de San Bernardo del Viento, ela passou a infância e a adolescência trabalhando no roçado. Quando jovem, começou a acompanhar o então líder comunitário Dago Escarpeta, com quem percorria as casas dos pueblos na região recolhendo reclamações e pedidos para pressionar autoridades locais por melhorias. Em uma visita rotineira à prefeitura de San Bernardo, Escarpeta foi assassinado por paramilitares à luz do dia, na rua. Mandaram avisar que Gladys era a próxima. Ela fugiu. Foi para aonde ouviu rumores de que poderia viver mais tranquila em uma época na qual a guerra civil colombiana já havia criado um sistema paralelo de poder. O Estado tinha dificuldade para reduzir o tamanho dos grupos guerrilheiros, principalmente o das Forças Armadas Revolucionárias (FARC), e fazia vista grossa às violações que os paramilitares praticavam nas regiões com maior incidência de conflitos. Eram comuns assassinatos, extorsões e roubos de casas e de terras. Onde agiam, esses grupos armados não oficiais ajudavam a impedir o avanço das guerrilhas ao defender seus territórios.

Na fuga com a roupa do corpo e meia dúzia de pertences àquele terreno baldio e pantanoso nos arredores de Cartagena, em 1994, não estranhou a paulatina chegada nos anos seguintes de gente de distintos lugares mas em situação similar: eram também refugiados de uma guerra civil que matou 220 mil pessoas e obrigou outros 3 milhões de colombianos a deixarem seus lares em cinco décadas. Sem conhecer outras regiões do país, como as montanhas ou a selva, hoje Gladys acredita que o lugar onde vive é um microcosmo da Colômbia.

Desde o início da Nelson Mandela há duas décadas ela tem ligação com a liderança comunitária. Assistiu à instalação de paramilitares na favela, que se intensificaram durante os anos 2003 e 2006, quando o governo do presidente Álvaro Uribe (2002-2010) ofereceu anistia àqueles que cometeram crimes de guerra. Grupos como Los Paisas e Los Urabeños se fortaleceram na Nelson Mandela nesse período. Depois que se enfraqueceram guerreando entre si, o poder passou para as mãos de chefes locais, como um que tinha nome personagem de desenho animado da Disney e outro inspirado por um jogador de futebol francês. Atualmente, gangues locais de garotos que não passam da maioridade são as peças mais fortes do xadrez que é a disputa pelo controle dos 24 setores da comunidade, o que pode significar desde o comando do microtráfico de drogas, passando pela vacuna (extorsão de 10% do lucro dos comerciantes) até chegar à oferta de serviços. Gladys Montes também viu seis líderes comunitários serem assassinados na favela em duas décadas. Sofreu ameaças e teve que fugir mais uma vez em 2007. Voltou três meses depois quando sentiu que a situação estava menos tensa, mas hoje tem mais desdém pelo governo do que por paramilitares, pandilleros e traficantes. “Prometem uma verba nunca chega porque é desviada no meio do caminho. Esses grupos se formam e se alimentam da pobreza.”

Candidatou-se ao cargo equivalente ao de vereador nas últimas eleições e atribui a derrota à falta de suporte. Brincando, imagina como seria o país caso fosse presidente. Vê na corrupção um dos grandes males da Colômbia. Acredita que a violência vai continuar enquanto não houver emprego ou escola a todos os jovens da Nelson Mandela. Fala devagar quando discorre sobre sua infância. Bate a palma da mão em uma coxa e depois a pousa na testa ao explicar como os jovens não respeitam os mais velhos. Diz que já a acusaram de ter desviado dinheiro.

Têm duas filhas, um filho, um neto, 50 anos e um ex-marido com quem ficou 16 anos e é o pai dos seus filhos. Diz que hoje se dão bem e que são vizinhos de rua. Seu pai está vivo, mas ela tem afeto maior pelo padrasto, que a criou de maneira mais carinhosa e morreu há dois anos. Sua mãe mora em outra cidade e tem fortes dores nas pernas, o que impede encontros frequentes. Sobrevive com um boteco que construiu na parede lateral de sua casa e com uma peixaria do outro lado da rua, que administra com mais quatro pessoas; queixa-se de falta de compromisso de alguns sócios. Seu sonho é se tornar assistente social um dia, mas hoje não tem condições de pagar a faculdade. Assiste a jovens e crianças para que aprendam a ler e a escrever. A liderança comunitária não lhe traz dinheiro.

Na rua, as pessoas a param para pedir algo, contar fofocas, piadas ou algo de ruim que aconteceu a um conhecido. Pedem também para intervir, falar com o outro lado envolvido quando há brigas, e contemporizar. Vai a uma escola de primário ver se o terreno dos fundos pode virar uma plantação de banana, manga e cebola roxa: instrui o zelador. Reclama que alguns pais deixam os filhos soltos na rua. Não pensa em se mudar, pois crê que as agruras que vê na Nelson Mandela devem se repetir em outros lugares com condições similares. Seu maior desejo no momento é ter dinheiro para construir um quarto em cima da sua casa.

Foi em sua casa, com uma parte erguida com concreto e outra com pedaços de madeira, com a lateral sem tinta e a frente pintada por uma já fosca demão de verde, com um banheiro dentro e uma faixa de esgoto a céu aberto correndo ao longo do outro lado da rua, que conheceu Edgar. Não se notaram de início. Ele trabalhava nas obras do primeiro sistema de esgoto na Nelson Mandela, construído em parte com dinheiro doado pela Rainha Sofia da Espanha. Quando a primeira etapa foi concluída, os trabalhadores começaram a usar seu banheiro. O flerte de outros colegas com ela incomodou Edgar, que reparou cada vez mais no assédio a quem viria ser sua namorada. Assim, tomou coragem e decidiu contar a ela que não gostava quando a importunavam. De início ela se fechou. Fazia 13 anos que havia se separado de seu marido e desde então não tinha se envolvido com ninguém.

O casal não dá maiores detalhes sobre a aproximação, mas quando são perguntados sobre o que sentem um pelo outro entreolham-se, abaixam a cabeça e riem balançando os ombros. O fato de ele ser uma década mais jovem não a incomoda, assim como se apaixonar não passava pela cabeça de Gladys até agosto do ano passado. O casamento dela havia terminado por brigas nas quais o ciúme era o protagonista. “É a primeira vez em que posso ser quem eu sou, fazer o que eu quero.” Edgar também se casou uma vez, mas não gosta de tocar no assunto.

Em um final de tarde, Gladys fecha a peixaria mais cedo do que o costume para ir ao velório de Eduardo Salas, que havia tido um ataque cardíaco dois dias antes enquanto jogava dominó no bar da líder comunitária. Ela comparece, cumprimenta os familiares, olha o caixão e vê que Eduardo, que tinha 56 anos, era velado com uma boina de reggae que gostava de usar. Lembra com carinho que lhe dava broncas porque o achava irresponsável e que ele ficava mais magoado do que bravo quando isso acontecia. Não sabe dizer em quantos enterros foi nos últimos anos, mas toma fôlego e olha o céu quando murmura que sempre haverá velórios para ir.

Meia hora antes do sepultamento, uma irmã de Eduardo procura por Gladys. Aproxima-se aflita e diz que os amigos dele que estão chegando não são bem vindos. Ela para, olha à sua esquerda e vê cerca de 20 homens passando o portão do cemitério: pretendem fazer um ritual no qual os amigos trazem a coisa que o finado mais tinha prazer em fazer quando vivo; Eduardo gostava de fumar maconha. Estabelece-se mais um conflito. Gladys conversa com os garotos, que não dão resposta definitiva sobre como vão se comportar. O caixão desce ao solo sob nuvens de fumaça e pedaços de maconha são jogados na vala enquanto familiares de Eduardo xingam os jovens e pedem respeito. Gladys Montes se afasta, deixa o cemitério e pega um ônibus. Volta para casa e vê Edgar do outro lado da rua. Abre um sorriso, atravessa o chão de terra batida e o beija.